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Pío XI

#1
Nro. de Pontificado: 259

Tiempo de Pontificado: Elegido el 12/2/1922, muere el 10/2/1939

Lugar de nacimiento: Desio, Italia (31 de mayo de 1857)

Reseña:
Vivió días difíciles para la Iglesia en los años anteriores a la II Guerra Mundial. Ambrogio Damiano Achille Ratti, su nombre secular, estudió en las universidades Lombarda y Gregoriana de Roma. De 1882 a 1888 fue catedrático de teología dogmática en el seminario de Milán. De 1888 a 1910 bibliotecario y después director de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y de 1911 a 1918 subprefecto y después prefecto de la Biblioteca del Vaticano en Roma. En 1919 fue nombrado Nuncio del Papa en Polonia y en 1921 Cardenal y Arzobispo de Milán. En 1922 sucedió al Papa Benedicto XV.
Una vez electo Papa en febrero de 1922, dio su primera bendición "Urbu et Orbi" desde la Logie exterior de la Basílica Vaticana, hecho que se interpretó como el primer paso hacia la reconciliación del Vaticano con el Quiritual. Con todo, ese retorno a las antiguas tradiciones no significaba la menor renuncia a los derechos inviolables de la Iglesia y del Papado; según lo advirtió inmediatamente una nota dada a la Prensa, y el mismo Papa en su encíclica "Ubi arcano" de 23 de diciembre del mismo año.
Poco antes de ser electo como Papa, se había formado el Partido Popular católico (1919), uno de cuyos organizadores principales, fue el sacerdote D. Luis Sturzo; en las primeras elecciones obtuvo un éxito bastante lisonjero. Pero los socialistas se desmandaban cada vez más, sumiendo al país en el mayor desorden, sin que los gobiernos consiguieran dominarlo. Mussolini, antiguo combatiente y expulsado del partido socialista, formó entonces (1920) el Partido Fascista, que se proponía oponer la voliencia a la violencia. Las luchas continuaron hasta la célebre marcha sobre Roma de los fascios, el 28 de octubre de 1922 que dio el poder absoluto al nuevo partido.
El fascismo puede definirse diciendo que fue la síntesis del nacionalismo y el sindicalísmo de nuevo cuño, que suprimía la lucha de clases, mientras que el viejo sindicalísmo quería perpetuarla. Al subir el fascismo, los partidos dejaron de existir, convirtiéndose por tanto en una ficción el sistema parlamentario. Primeramente (enero de 1923) se creó el Gran Consejo Fascista, y más tarde (1933) la Cámara de Diputados, considerada anacrónica, fue transformada en el Consejo Nacional de las Corporaciones, que no era en realidad sino una asamblea consultiva. Mussolini colocaba al Estado por encima de todos los intereses particulares, hasta de los sindicatos y corporaciones. El corporativismo estaba llamado a ser instrumento que, bajo la égida del Estado, moviese la disciplina integral orgánica y unitaria de las fuerzas productoras, en vista del desarrollo de la riqueza, de la potencia política y del bienestar del pueblo italiano.
No se puede negar que el fascismo reorganizó por completo la nación en todos los órdenes; con la conquista de Libia y de Abisinia le dio colonias, y con la anexión de Albania creó el nuevo imperio italiano. Las relaciones del fascismo con la Santa Sede, buenas desde un principio, se hicieron cada vez más cordiales, si bien en algunas ocasiones pudo dudarse de los sentimientos verdaderos de algunos jerarcas. Así, a poco de firmarse el Tratado de Letrán, surgió una cuestión grave por ciertas palabras del Duce acerca del origen y expansión de la Iglesia, a la que se quiso confundir con el imperio romano; ante la protesta del Papa, se dio una satisfacción completa. Otro incidente se produjo a propósito de la Acción Católica, a la que se crearon dificultades, pero también esta cuestión terminó satisfactoriamente. Por otra parte, el fascismo se mostró respetuoso con la religión católica: desde un principio declaró obligatoria la enseñanza del Catecismo, persiguió la inmoralidad pública, restableció el Crucifijo en las escuelas, persiguió a la masonería y a las sociedades secretas, etc. Sólo faltaba ya la reconciliación oficial con la Santa Sede para coronar la obra, y en efecto, el 11 de febrero de 1929, se firmó el memorable Tratado de Letrán.
Las primeras conversaciones, con carácter estrictamente privado, se tuvieron en el verano de 1926, entre el consejero de Estado italiano Barone y el abogado consistorial Pacelli, padre del Pontífice Pío XII. A los dos meses, como se presentara el camino expedito, tomaron ya carácter oficioso, y después de 110 entrevistas fueron declarados oficiales y llevadas a feliz término, dentro del más estricto secreto, por el Cardenal Gasparri en nombre de Su Santidad y Benito Mussolini como plenipotenciario del Rey Víctor Manuel. Por fin, el 7 de febrero de 1929, el Cardenal Gasparri pudo comunicar oficialmente a todo el cuerpo diplomático acreditado cerca de la Santa Sede que la Paz romana iba a ser firmada, como lo fue en efecto 4 días más tarde en el histórico palacio de Letrán por el propio Cardenal Gasparri y Mussolini. El ya histórico Tratado de Letrán fue ratificado el 7 de junio del mismo año, y el 11 de febrero de 1932, con la visita de Mussolini al Padre Santo, puede decirse que fue coronado el acto de reconciliación de Italia con el Vaticano. 
Acerca del tratado:
Por el tratado se reconocía la soberanía del Romano Pontífice, en el territorio de la Ciudad del Vaticano, en las basílicas de Santa María, Letrán y San Pablo, etc.; a otros edificios, como la Universidad Gregoriana, Institutos Bíblico, Oriental, etc. se concedía la extraterritorialidad con la exención de impuestos y aduanas. La Plaza de San Pedro quedaba incluída en la Ciudad-Vaticana, pero con acceso libre para el público, y su custodia a cargo de la policía italiana. Italia se comprometía a castigar los delitos contra el Papa como si fueran cometidos contra el rey. Se comprometía además a proporcionarle libertad absoluta de comunicaciones por ferrocarril, correos, telégrafos, etc., en el plazo de un año, así como libertad de tránsito para los portadores de pasaportes expedidos por el Vaticano o sus representantes, y exención de aduanas. A los Cardenales se les consideraba como príncipes de la sangre, y a los moradores de la Ciudad del Vaticano como súbditos del Papa, y tanto ellos como los empleados burocráticos de la Santa Sede quedaban exentos del servicio militar italiano. El Gobierno italiano se comprometía también a garantizar la libertad del cónclave en lo exterior de la Ciudad del Vaticano, y el Papa a mantener en todo caso su neutralidad, salvo cuando se le llamase como árbitro. La administración de justicia dependía de las autoridades vaticanas dentro del recinto de la Ciudad; el delincuente que huyese de Italia al Vaticano sería sometido a extradición, pero en el caso contrario quedaría sujeto a las leyes italianas.
A su vez el Gobierno italiano pagó una indemnización muy pequeña en relación al daño sufrido por los despojos de los Estados Pontificios sufridos por parte de la Iglesia Católica. Por el Concordato se reconocía como religión oficial del Estado, la católica, se garantizaba la enseñanza religiosa y la exención del servicio militar de los clérigos, se creaba el cuerpo eclesiástico castrense, se dejaba en libertad a la Santa Sede en el nombramiento de obispos, se le entregaban las basilicas de Loreto, de San Francisco de Asís y de San Antonio de Padua, y se le reservaba el destino, guarda y administración de todas las basílicas del reino.
Después de la paz de Versalles, Italia, por interés, por simpatía y por convicción, se acercó al grupo de países que deseaban la revisión de aquel tratado. La entrevista Hitler-Mussolini, celebrada en 1934, abrió el camino a lo que había de ser con el tiempo el Eje Roma-Berlín. En 1939 firmó con Alemania el "Pacto Anticomintero". El 10 de junio de 1940, contra la opisición de los militares y contra el deseo general del pueblo, Mussolini entró en la guerra.
Todas estas cuestiones, sucedieron durante el tiempo como Pontífice de Pío XI, aunque lógicamente el accionar de Mussolini a nivel internacional no dependía de este Papa, que además éste último lanzó varias exhortaciones contra el antisemitismo y la guerra, formaron parte de la coyuntura cristiana europea durante este pontificado.
En 1928 se celebró en Sidney con todo esplendor y grande asistencia, el XXIX Congreso eucarístico internacional y en 1933 el I Nacional en Melburne. Ese mismo año se organizó la Acción Católica a la manera de los Estados Unidos. Murió el 10 de febrero de 1939 en Roma.

  


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