LA RESURRECCIÓN UNIVERSAL. LA IGLESIA CATÓLICA. LA VIDA ETERNA

La resurrección de los muertos, fuente de esperanza

1. La raíz de toda operación es la esperanza de la resurrección. Pues la esperanza del premio da al alma fuerzas para emprender buenas obras. Pues el obrero se encuentra dispuesto a soportar los trabajos si divisa el premio de sus fatigas, pero se derrumban el ánimo y el cuerpo de los que no avizoran recompensa alguna. Un soldado que espera la recompensa del combate está pronto para la lucha, pero nadie milita a favor de un rey que, falto de juicio, no recompensa el mérito de los esfuerzos, ni está dispuesto a afrontar la muerte por ese mismo rey. Así también, toda alma que cree en la resurrección se modera y se atempera a sí misma. Pero la que no cree en la resurrección, se entrega a su propia perdición. Quien cree que el cuerpo pervivirá con la resurrección, cuida aquello que le sirve de estola y de vestido, y no lo contamina con el libertinaje. Pero el que no cree en la resurrección, se entrega a la fornicación usando del propio cuerpo como si fuese ajeno. Es, desde luego, una importante doctrina y enseñanza de la Iglesia la fe acerca de la gran resurrección de los muertos. Se trata de algo completamente esencial, cuya verdad, aunque choca realmente con la contradicción de muchos, puede ser plenamente comprobada. Están en contra de ella los griegos, no la creen los samaritanos y la deshacen los herejes. Se la contradice de múltiples maneras, pero es una verdad simple y sencilla.

Objeciones en contra de la resurrección de los muertos

2. Esto es lo que oponen tanto los griegos como los samaritanos: una vez que el hombre ha perecido y ha muerto, se pudre y lo devoran los gusanos. También mueren los mismos gusanos. Y después de suceder todo esto al cuerpo, putrefacción y muerte, ¿cómo, pues, resucita? Los peces devoran a los que han sufrido un naufragio y ellos, a su vez, son devorados por otros. De quienes luchan con las fieras se comen, destrozándolos, incluso los huesos. Los buitres y los cuervos están volando por todas partes comiéndose las carnes de los cadáveres arrojados al suelo. ¿Cómo podrán reunirse esos cuerpos? Pues es posible que, de las aves que los devoraron, una haya muerto en la India, otra en Persia, otra en los países bárbaros. Los cadáveres de otros que ardieron en las llamas, reducidos a cenizas fueron dispersados por las tormentas o el viento. ¿Cómo podrá reunirse su cuerpo?

A Dios todo le es posible

3. Para ti, desde luego, hombrecillo pequeño y débil, los países bárbaros están lejos de la India e Hispania lo está de Persia. Pero para Dios, que tiene el mundo entero en un puño, todo está próximo. No pienses que Dios es tan débil como tú y, por tanto, incapaz, sino piensa más bien en tu propia potencia. Además, el sol, siendo una obra pequeña de Dios, llena toda la tierra con el calor de sus rayos. También el aire, hecho por Dios, rodea todo lo que hay en el mundo. Pero Dios, que es el creador del sol y del aire, ¿estará acaso lejos del mundo? Supón que se encuentran mezclados granos diversos de semillas—te propongo ejemplos débiles a ti, que eres débil en la fe— y supon que todos los tienes en un puño. A ti, que eres hombre, ¿te es cosa dificil, o más bien fácil, distinguir lo que tienes en el puño y poner cada una de las semillas con las de su clase? Es decir, si tú puedes discernir lo que tienes en tu mano, ¿no podrá Dios discernir y restituir a su lugar lo que tiene en la suya? Considera lo que digo y si tal vez no será impío negarlo.

En la resurrección de los muertos, Dios hará justicia

4. Considera también lo que se refiere a la justicia y reflexiona sobre ti mismo. Tienes diversos siervos, de los que unos son buenos y otros malvados. A los buenos los aprecias y a los malos los castigas. Incluso si eres juez, alabas a los buenos y a los malvados los castigas. Si tú, que eres hombre mortal, tienes una noción de lo que es justo, Dios, rey eterno de todas las cosas, ¿no pagará a cada uno según justicia? Y es una impiedad negar esto, pues mira lo que digo: muchos homicidas murieron en la cama sin haber sido castigados. ¿Dónde está, pues, la justicia de Dios? Y a menudo un homicida es reo de cincuenta homicidios, pero ha lavado sus crímenes con una única pena capital. ¿Cómo pagará, pues, los restantes cuarenta y nueve asesinatos? Y argüyes a Dios de injusticia si no existen, después de esta vida, el juicio y la retribución. Pero no debes extrañarte del retraso del juicio. Quien lucha en un certamen, una vez que éste ha concluido, recibe la corona o queda marcado por la vergüenza, pero el árbitro del certamen nunca corona a los que intervienen mientras están combatiendo, sino que aguarda a ver el final de todos los combatientes. Después, examinando el resultado, distribuye los premios de la victoria y las coronas. Así también Dios, mientras dura todavía el combate en este mundo, ayuda parcialmente a los sujetos, pero después les otorga los premios de modo completo y pleno.

Otros indicios de la resurrección

5. Pero si, a tu parecer, la resurrección de los muertos no existe, ¿qué haces condenando a los que excavan en los sepulcros? Pues si el cuerpo perece irremisiblemente y no existe esperanza ninguna de resurrección, ¿por qué se castiga a los profanadores de tumbas? Te das cuenta, aunque lo niegues con los labios, de que permanece en ti una conciencia indeleble de la resurrección.

Cambios que se observan en seres inferiores hacen creíble la resurrección

6. Pero, por lo demás, un árbol cortado vuelve a brotar ¿No lo hará también un hombre que ha perdido su vida? Incluso lo que se ha cortado al segarlo se queda en las eras para que lo recojan. ¿Y no se quedará en la era el hombre que ha sido segado en este mundo?. También los sarmientos de la vid y las ramas de otros árboles, cuando se cortan completamente y se trasplantan, cobran vida y reportan fruto. Y el hombre, por el cual son aquellas cosas, ¿no resurgirá aunque haya ido a parar a la tierra? Y si comparamos distintos trabajos o dificultades ¿qué es más, dar forma desde sus inicios a una estatua que antes no existía o restituírsela a una que la había perdido? El Dios que nos hizo de la nada, una vez que ya tuvimos existencia pero luego la perdimos, ¿no podrá de nuevo despertarnos a la vida? Pero tú no crees, por ser griego lo que está escrito acerca de la resurrección. Considera en cambio estas cosas desde la perspectiva de lo que ya existe y entiéndelo en tu interior desde lo que puede verse hasta el día de hoy. Si se desea, se siembra trigo o cualquier clase de semilla. Cuando la semilla cae, muere y se pudre: ya no sirve para alimento. Pero lo que se ha podrido brota de ahí como hierba y lo que al caer era pequeño se levanta ahora hermosísimo. Pero el trigo fue credo por causa nuestra, pues el trigo y otras semillas se hicieron no por sí mismos sino para nuestro uso. Y si las cosas que fueron hechas para nosotros reviven después de muertas, nosotros, por quien esas cosas se hicieron, ¿no resucitaremos después de muertos?

7. Es, como ves, tiempo de invierno. Los árboles están como muertos. ¿Dónde están las hojas de la higuera? ¿Dónde están las uvas de la vid? Pero estas cosas que están muertas en invierno, incluso entonces tienen su fuerza y, cuando llegue el momento, se les devolverá, como despertadas de la muerte, la fuerza de la vida. Dios, percibiendo tu infidelidad, te ha mostrado todos los años en estos claros indicios la resurrección para que, viendo lo que sucede en los seres inanimados, creyeses con respecto a los seres dotados de razón. Aparte de esto, moscas y abejas, ahogadas muchas veces en el agua, reviven después de un rato y ciertas especies de sapos permanecen inmóviles en invierno, pero más tarde, en verano, se despiertan. A ti, que piensas cosas pequeñas y de poco valor, se te presentan estos ejemplos. Ahora bien, el que, más allá de lo natural, da vida a seres desprovistos de razón y despreciables, ¿no nos dará lo mismo a nosotros, por quienes hizo todos estos seres?

El supuesto ejemplo del ave Fénix

8. Pero los griegos todavía buscan una resurrección de los muertos más clara y argumentan que, aunque es cierto que reviven los seres mencionados, es porque en realidad no habían sufrido plenamente la putrefacción y desean ver abiertamente un animal que se haya podrido completamente y haya resucitado. Dios ya conocía esta obstinación de los hombres para no creer y dispuso para esto el ave que llaman Fénix. Esta, como escribe Clemente y otros muchos saben, es única en su género, llega al país de los egipcios cada cuatrocientos años y es un ejemplo de resurrección. Y no lo hace en lugares desiertos, de modo que aquello quedara como algo misterioso, sino en una ciudad famosa, haciéndose visible de manera que pueda ser tocada con las manos, pues de otro modo nadie lo creerías. Pues, después de haberse construido el nido con incienso, mirra y otros aromas, introduciéndose en él una vez agotado su cupo de años, muere a la vista de todos y se corrompe. Pero más tarde, de la carne podrida del ave muerta brota un gusano y éste, al crecer, se transforma en ave. Después, a esta Fénix le crecen las plumas. Una vez rehecha esta Fénix como era anteriormente, va volando por los aires tal como era antes de morir, mostrando a los hombres con toda evidencia la resurrección de los muertos. El ave Fénix es ciertamente admirable, pero, como ave, está desprovista de razón y nunca ha cantado salmos a Dios. Nunca ha sabido quién es el Hijo Unigénito de Dios. Pero si a un animal irracional, que desconoce a su propio creador, le fue concedida la resurrección, ¿no se nos otorgará a nosotros, que glorificamos a Dios y guardamos sus preceptos?

El que creó al hombre desde una realidad humilde puede también devolverlo a la vida

9. Pero puesto que el signo del ave Fénix, aún buscándolo mucho, es raro y siguen sin darle crédito, recibe otra prueba basada en las cosas que ves todos los días. Hace cien o doscientos años, ¿dónde estábamos todos nosotros, tanto los que hablamos como los que escucháis? ¿Acaso desconocemos cómo se formaron nuestros cuerpos? ¿Es que no sabes cómo somos engendrados de una materia débil, informe y simple? El hombre vivo se forma de una única especie y de un principio débil. Y eso que no tiene fuerzas y es débil se transforma en carne compacta y en la fortaleza de los nervios. Y también en la claridad de los ojos, en la capacidad de la nariz para oler, en la capacidad auditiva de los oídos, la lengua que habla, el corazón que se mueve, la habilidad de las manos para trabajar, la agilidad de los pies y toda la variedad de los miembros de diverso género. Y lo que es tan poca cosa y débil se convierte en constructor de naves, albañil, arquitecto y operario de cualquier arte, soldado, príncipe, legislador o rey. El Dios que nos hizo de unos comienzos humildes, ¿no podrá levantarnos una vez que hayamos caído? El que dio cuerpo a una realidad tan vil, ¿no podrá despertar de nuevo a un cuerpo muerto? El que hizo lo que no existía, ¿no despertará a lo que existe, aunque haya perecido?

La semejanza con las fases de la luna

10. Una razón manifiesta de la resurrección de los muertos, y que está atestiguada todos los meses, tómala también del cielo y de los astros. De hecho, la luna, que llega a faltar completamente, de manera que nada se ve ya de ella, aparece nueva otra vez y queda restaurada en sus antiguas dimensiones. Y para una demostración perfecta de este mismo asunto, la luna se derrite con el paso de los años en sangre, pero después recupera su aspecto luminoso. Dios es quien, en su providencia, prepara estas cosas para que también tú, que eres hombre y tienes sangre en tu interior, no niegues tu fe a la resurrección de los muertos. Así lo que ves en la luna, crees que también sucederá en ti. Sírvete, pues, de estas palabras en contra de los griegos. Pues contra los que no aceptan las Escrituras debes luchar con armas no tomadas de la Escritura, es decir, sólo con razonamientos y demostraciones. Pues a éstos no se les ha descubierto quién es Moisés ni quién es Isaías, y desconocen los Evangelios y a Pablo.

Frente a los samaritanos: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos

11. Pasa ahora, te lo ruego, a los Samaritanos, que, puesto que sólo admiten la Ley, no aceptan a los profetas, la lectura de la que hemos partido, de Ezequiel, puede resultar ineficaz, pues, como dije, en ellos no hay lugar para los profetas. ¿De dónde buscaremos, pues, la fe para los samaritanos? Vayamos a los libros de la Ley. Dice, pues, Dios a Moisés: «Yo soy... el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3,6), que sin duda viven y existen9. Pues si Abraham murió, y también Isaac y Jacob, se trata de un Dios de quienes no existen. ¿Y desde cuándo se dice que un rey es rey de unos soldados que no tiene? ¿Y quién es el que muestra riquezas que no posee? Es necesario, pues, que existan Abraham, Isaac y Jacob para que el Dios de las cosas que existen sea dios. Pues no dijo: era Dios de ellos, sino soy. Y que existe un juicio lo dice Abraham refiriéndose al Señor: «El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia?» (Gén 18,25).

Los signos del poder de Dios en Aarón, Moisés y la mujer de Lot

12. Pero contra esto dicen también los insensatos de Samaria: nada impide que continúen vivas las almas de Abraham, Isaac y Jacob, pero los muertos no pueden resucitar. Es como si dijera: fue posible que la vara del justo Moisés se convirtiera en una serpiente (Ex 4,3), pero los cuerpos de los justos no podrán vivir y resucitar. Y aquello se hizo fuera de las leyes de la naturaleza. ¿No podrá hacerse esto, que es tan acorde con la naturaleza? También la vara de Aarón, cortada y seca, floreció sin el contacto con las aguas (Núm 17,23) y, aunque estaba a cubierto (17,22), produjo las yemas que suelen brotar en los campos y, en un lugar árido como estaba, produjo en el espacio de una noche los frutos que árboles regados con frecuencia producen después de muchos años. Con la vara de Aarón fue como si resucitara de entre los muertos. ¿No resucitará, pues, el mismo Aarón? Para conservarle el sumo sacerdocio, Dios realizó el milagro en su vara. ¿No otorgará, pues, la resurrección al mismo Aarón? También, por procedimientos no naturales, fue convertida la mujer en sal y en sal fue transformada su carne (Gén 19,26). ¿Acaso no podrá convertirse la carne simplemente en carne? Y si la mujer de Lot fue convertida en estatua de sal, ¿no resucitará la esposa de Abraham? ¿En virtud de qué se hizo como nieve, durante el tiempo de una hora, la mano de Moisés, siendo establecida después en su estado anterior? (cf. Ex 4,6-7)? Sin duda por el poder de Dios. ¿Y es que este poder, eficaz en otro tiempo, ha perdido ya su fuerza y su eficacia?

La resurrección es posible como fue posible la creación

13. ¿De qué material fue hecho el hombre en sus comienzos, oh Samaritanos, los más necios de todos los hombres? Acercaos al primer libro de la Escritura, que también vosotros lo habéis recibido: «Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo» (Gén 2,7). El polvo se transforma en carne, ¿y la carne no volverá otra vez a ser carne? ¿Se os ha de explicar de dónde provienen los cielos, la tierra y los mares? ¿De dónde el sol, la luna y los astros? ¿Cómo de las aguas provienen las aves y los peces? ¿Y el modo como provienen de la tierra todos los animales? Tantísimos miles de seres han sido llevados de la nada a la existencia. Y nosotros, los hombres, que llevamos impresa la imagen, ¿no resucitaremos? Verdaderamente todo este asunto rebosa incredulidad. Y hay muchos motivos para condenar a los que rehusan la fe, puesto que Abraham dice de Dios que él es «juez de toda la tierra» (Gén 18,25). Y es grave que no crean precisamente los que aprenden la ley, pues allí está escrito que el hombre ha sido formado de la tierra (Gén 2,7; 3,19): son los que allí leen quienes rehúsan creer.

No hay argumentos bíblicos en contra de la resurrección

14. Y estas cosas las decimos frente a los que se han de contar entre los infieles. Pero para los que creemos es oportuno referirse a los profetas. Algunos, sin embargo, que se sirven de los profetas, no creen en lo que éstos han escrito y aducen aquello de «no se levantarán en el Juicio los impíos» (Sal 1,5). O también aquello otro: «El que baja al sheol no sube más» (Job 7,9). 0 incluso: «No alaban los muertos a Yahvé» (Sal 115,17). Con ello utilizan mal lo que ha sido correctamente escrito. Sin detenernos demasiado y en la medida en que podamos, será bueno hacerles frente ahora. Pues si se dice que «los impíos no se levantarán en el Juicio», con esto se quiere decir, no que habrán de resucitar «en el juicio», sino que lo harán en condenación. Dios, en efecto, no necesita hacer muchas indagaciones, sino que, a la vez que resuciten los impíos, seguirán a continuación sus castigos. Y si se dice «no alaban los muertos a Yahvé», con esto se quiere decir que en esta vida se crea un espacio de penitencia y perdón. Una vez sobrevenida la muerte, a los que hayan muerto en pecado, ya no se les permitirá que alaben, sino simplemente lamentarse. Pues la alabanza es propia de quienes dan gracias, pero los lamentos de quienes sufren azotes. Por consiguiente, los justos alabarán, pero los que hayan muerto en sus pecados ya no tendrán tiempo para glorificar a Dios.

Job y los profetas también la mencionan

15. En cuanto al contexto de las palabras «el que baja al sheol no sube más» (Job 7,9), observa lo que va a continuación, pues se dice: «No regresa otra vez a su casa, no vuelve a verle su lugar» (7,10). Pues como el mundo entero ha de perecer, también toda casa ha de ser destruida. ¿Cómo habrá de volver a su casa si toda la tierra ha de ser hecha nueva? Sería bueno que oigan a Job cuando dice: «Una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar renuevos. Incluso con raíces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo, en cuanto siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven. Pero el hombre que muere queda inerte, cuando un humano expira, ¿dónde está?» (14,7-10). Es como si estuviera sonrojando a alguien e increpándole, pues así se ha de interpretar el interrogante «¿dónde está?» Pues dice que, puesto que el árbol perece y resucita, ¿acaso el hombre, por quien se hicieron los árboles, no resucitará? Y para que no creas que violento el texto, lee lo que sigue, donde con interrogantes se pregunta: «Muerto el hombre, ¿puede revivir?» (Job 14,14) y dice: «Aunque haya muerto el hombre, vivirá» (14,14 LXX), e inmediatamente añade: «Todos los días de mi milicia esperaría, hasta que llegara mi relevo» y, a su vez, en otro lugar: «que ha de alzar sobre la tierra mi piel, que estas fatigas soporta» (Job 19,25-26). Y el profeta Isaías dice: «Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán» (Is 26,19). Y muy claramente el profeta que ahora hemos mencionado, Ezequiel, dice: «He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas» (Ez 27,12). Y Daniel dice: Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno» (Dan 12,2).

Resurrecciones de muertos en el Nuevo Testamento, en Elías y Eliseo

16. Otros mucho pasajes de la Escritura dan también testimonio de la resurrección de los muertos. Hay otras muchas sentencias y dichos acerca de este asunto. Pero ahora, como para refrescar la memoria, mencionamos sólo de pasada la resurrección de Lázaro cuatro días después de muerto (Jn 11,39-44). También de pasada, por la escasez de tiempo, el hijo resucitado de la viuda (Lc 7,11-16). Y, sin insistir, recuérdese igualmente a la hija del jefe de la sinagoga (Mt 9,25). Recuérdese también que las losas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron (Mt 27,51-53) al abrirse los sepulcros12. Pero tráigase a la memoria, en primer lugar, que Cristo resucitó de entre los muertos. He pasado por alto a Elías y al hijo de la viuda que él resucitó (I Re 17,19 ss), y a Eliseo, que en varias ocasiones hizo milagros semejantes (2 Re 4,8 ss. 38 ss.), tanto vivo como después de muerto. Estando en vida, obró la resurrección por su propio espíritu, de modo que no sólo se honrase a las almas de los justos, sino que se tuviese fe en que en los cuerpos de los justos existe una fuerza profunda. Con ocasión de que colocaron un cadáver en la tumba de Eliseo, el muerto, al contacto con el cuerpo muerto del profeta, cobró vida (2 Re 13,21). El cuerpo muerto del profeta hizo lo que parecía propio de su alma y lo que yacía muerto dio vida a un muerto: lo que estaba otorgando la vida, eso mismo permaneció, igualmente que antes, entre los muertos. ¿Por qué razón?: para que, en caso de que Eliseo hubiese resucitado, el hecho no se le atribuyese sólo a su alma y para mostrar que, incluso estando el alma ausente, existía cierta fuerza y poder en el cuerpo de los santos por el alma justa que tantos años había habitado en él y de él se había servido. Y no neguemos nuestra fe a este hecho como si no hubiese existido, pues si los pañuelos y los mandiles, que son algo exterior a la persona, aplicados a los cuerpos de los enfermos, daban fuerzas a los débiles (Hech 19,12), ¿cuánto más no resucitaría a un muerto el cuerpo del profeta?

Resurrecciones en el NT. Resurrección al final de los tiempos

17. Sobre esto habría que decir otras muchas cosas si estudiásemos lo asombroso de estos hechos según cada uno de sus detalles, pero estáis soportando el esfuerzo del ayuno de la preparación de la Pascua y de la Vigilia. Por tanto, sólo se dirán algunas cosas por encima, pues, arrojando unas pocas semillas y recibiéndolas vosotros como buena tierra que sois, reportaréis fruto ampliándolo por vuestra cuenta. Hágase memoria de que también los apóstoles resucitaron muertos: Pedro, en Joppe, a Tabita (Hech 9,36-42); Pablo, en Tróade, a Eutico (20,7-12), y también los demás apóstoles, aunque no está consignado por escrito lo que cada uno de ellos hizo prodigiosamente. Acordaos de todo lo que se ha dicho en la Primera epístola a los Corintios y que Pablo escribió contra los que decían: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?» (15,35). Y de lo que dice: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó» (15,16). Y de que llama necios (15,36) a los que no lo creen y de todo lo que en ese lugar15 se expone acerca de la resurrección de los muertos y de lo que escribió de ese tenor a los tesalonicenses: «Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que nos os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza» (I Tes 4,13), y todo lo que sigue pero, sobre todo, aquello de «los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (4,16).

La grandeza final del estado de resucitados

18. Observad principalmente lo que Pablo dice como señalando con el dedo: «Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad» (I Cor 15,53). Pues este mismo cuerpo resucitará, no como es, débil, sino perdurable, aunque será el mismo cuerpo. Pero se transformará revestido de incorruptibilidad: como el hierro introducido en el fuego se convierte en fuego o, más bien, como es conocido por quien lo mueve, Dios. Por consiguiente, resucitará este mismo cuerpo, pero no se quedará como ahora, sino que perdurará eternamente. Ya no necesitará para vivir de los alimentos de que nosotros nos servimos, ni de escaleras para subir, pues se hará «espiritual» (1 Cor 15,44), algo admirable y cuya dignidad no somos capaces de explicar suficientemente. «Entonces los justos, dice, brillarán como el sol y la luna y como el fulgor del firmamento» (cf. Dn 12,3 y Mt 13,43). Dios, que conoce previamente la dificultad de los hombres para creer, ya había concedido a pequeñísimos gusanos que en verano despidiesen de su cuerpo rayos luminosos, de manera que por lo que se ve se creyese en lo que se espera. Y desde luego, el que concedió una parte, también podía otorgar el todo. Y el que hizo que un gusano resplandeciese de luz, mucho más hará que resplandezca el hombre justo.

También el cuerpo participará de la gloria o del castigo

Resucitaremos, pues, teniendo todos cuerpos eternos, pero no todos semejantes: si alguien es justo, recibirá un cuerpo celeste para que pueda tratar libremente con los ángeles; pero si alguien es pecador, recibirá un cuerpo eterno capaz de sufrir el castigo de sus pecados de modo que, ardiendo en el fuego eterno, nunca se consuma. Y ambas cosas están bien hechas por Dios. Pues nada hacemos nosotros sin el cuerpo. Blasfemamos por la boca, y por la boca rezamos; fornicamos mediante el cuerpo, y también mediante el cuerpo guardamos la pureza; robamos con la mano, y con la mano damos limosna. E igualmente todo lo demás. Si el cuerpo ha servido para todo, también ha de ser partícipe de la suerte que nos ha de corresponder en el futuro.

Usar rectamente el cuerpo

20. Mortifiquemos, por tanto, hermanos, los cuerpos y no abusemos de ellos como si fuesen de otros. Ni digamos, de acuerdo con los herejes, que este vestido del cuerpo es ajeno, sino respetémoslo como propio, pues deberemos dar cuentas a Dios de todas las cosas que hagamos con el cuerpo. No digas: «Nadie me ve» (Eclo 23,26) ni pienses que no hay testigo alguno de lo que haces. En efecto, la mayor parte de las veces no hay ningún hombre que lo atestigüe. Pero hay un testigo que nos formó y que no yerra, y permanece fiel en el cielo (cf. Sal 89,38) viendo lo que se hace. También permanecen en el cuerpo las manchas de los pecados. Y así como, cuando ha habido una llaga en el cuerpo, queda una cicatriz aunque se haya aplicado alguna medicina, del mismo modo el pecado deja señal en el alma y en el cuerpo y las huellas de las cicatrices permanecen en ambos. Sólo quedan suprimidas por los que reciben el lavatorio. Por el bautismo sana Dios, además, las heridas del alma y del cuerpo, pero protejámonos a nosotros mismos de un modo general contra lo que nos sobrevenga en el futuro y guardemos limpio este vestido del cuerpo y no perdamos la salvación del cielo por la más mínima fornicación y lascivia o por cualquier otro pecado. Acerquémonos en cambio a la herencia del reino eterno de Dios, del cual ese Dios os haga a todos dignos por su gracia.

Quede bien grabada la resurrección de los muertos

21. Sea suficiente lo dicho para demostrar la resurrección de los muertos. Y la profesión de fe, que otra vez os hemos repetido, hacedla vosotros con toda diligencia y con las mismas palabras, de modo que se os grabe en la memoria.

Hablaremos de la Iglesia, una, santa y católica

22. La Profesión de fe también contiene esto: > Acerca del bautismo y la penitencia ya hablamos en anteriores catequesis. Lo que ahora acabamos de decir sobre la resurrección de los muertos es por aquello de «y en la resurrección de la carne». Hablaremos, pues, de lo que nos queda, sobre lo de «Y en la Iglesia, una, santa y católica», en lo cual, aunque se pueden decir muchas cosas, seremos breves.

La Iglesia es católica, Universal, en todo

23. Se le llama «católica» porque está difundida por todo el orbe desde unos confines a otros de la tierra y puesto que enseña de modo completo, y sin que falte nada, todos los dogmas que los hombres deben conocer sobre las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenas. Y también porque ha sometido al culto recto a toda clase de hombres, príncipes y hombres comunes, doctos e inexpertos. Y finalmente porque sana y cura toda clase de pecados que se cometen con el alma y el cuerpo. Ella (la Iglesia) posee todo género de virtud, cualquiera que sea su nombre, en hechos y en palabras y en dones espirituales de cualquier especie.

«Iglesia» es «asamblea»

24. «Iglesia» es una denominación muy adecuada porque convoca a todos y los reúne conjuntamente19, como dice el Señor en el Levítico: «Congrega a toda la comunidad a la entrada de la Tienda del Encuentro» (Lev 8,3). Es digno de notarse que esta palabra «ekklesíason» se emplea en las Escrituras por primera vez en este lugar, cuando el Señor concede a Aarón el sumo sacerdocio. Y en el Deuteronomio dice Dios a Moisés: «Reúne al pueblo para que yo les haga oír mis palabras a fin de que aprendan a temerme» (Dt 9,10). Y cuando habla de las tablas: «... en las que estaban todas las palabras que Yahvé os había dicho de en medio del fuego, en la montaña, el día de la Asamblea» (Dt 9,10), como si así lo dijese con más claridad. En el día en que, llamados por Dios, fuisteis congregados. También el Salmista dice: «Te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré entre un pueblo copioso» (Sal 35,18).

La verdadera Iglesia-asamblea ha pasado a ser la de los gentiles

25. Ya antes había cantado el salmista: «En las asambleas22 bendecid a Dios, al Señor desde las fuentes de Israel (Sal 68,27 LXX). Pero, si tenía que ser así, por causa de las insidias tramadas contra el Salvador quedaron los judíos privados de la gracia y Dios edificó una segunda Iglesia, formada partiendo de los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: «Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,8). De ambas Iglesias decía David en abierta profecía: de la primera, que fue rechazada («Odio la asamblea de malhechores», Sal 26,5). De la segunda dice, en el mismo salmo, que fue construida: «Amo, Yahvé, la belleza de tu casa» (26,8) y, un poco después, en el mismo salmo: «A ti, Yahvé, bendeciré en las asambleas» (26,12). Fue rechazada, pues, la que estaba en la tierra de los judíos. Pero por todo el mundo se multiplican las Iglesias de Cristo, de las cuales está escrito en los Salmos: «¡Cantad a Yahvé un cantar nuevo: su alabanza en la asamblea de sus amigos!» (Sal 149,1). De acuerdo con lo cual dijo el profeta a los judíos: «No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahvé Sebaot» (Mal 1,10). E inmediatamente añade: «Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones» (1,11). Y de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo: «... para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (I Tim 3,15).

Distinguir duramente la Iglesia católica

26. Pero el nombre de «Iglesia» se acomoda a realidades diversas, de modo que también de la multitud que se encontraba en el teatro de los efesios está escrito: «Dicho esto, disolvió la asamblea» (Hech 19,40). También alguien dijo intencionadamente que la «asamblea de malhechores» (Sal 26,5) es el conjunto de los herejes: me refiero a los marcionitas, maniqueos y a los restantes. Por tanto, la fe te muestra muy cautamente que esto es lo que has de sostener: «Y en la Iglesia, una santa, católica», para que, huyendo de esos grupos abominables, te adhieras siempre a la santa Iglesia católica, en la cual volviste a nacer. Y si alguna vez viajas por ciudades diversas, no preguntes simplemente dónde está el «Kyriakón»23, pues también las restantes sectas y herejías de los impíos se esfuerzan en hacer presentables sus madrigueras con el nombre de «Kyriakón», ni simplemente dónde está la iglesia, sino dónde hay una iglesia católica, pues éste es el nombre propio de esta santa Iglesia, madre de todos nosotros. Ella es ciertamente la esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios (pues está escrito: «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella», etc., Ef 5,25 ss) y ofrece una imagen y una imitación de «la Jerusalén de arriba», que «es libre; ésa es nuestra madre» (Gál 4,26). Habiendo sido ella anteriormente estéril, ahora es madre de una numerosa prole (cf. Gál 4,27 e Is 54.1).

Extendida sin fronteras por la paciencia de los mártires

27. Repudiada la primera, en la segunda, es decir, en la Iglesia católica, como dice Pablo, los puso Dios a algunos como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas» (I Cor 12,28) y toda clase de cualquier virtud. Me refiero a la sabiduría y a la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y la humanidad, y la paciencia invencible en las persecuciones. Fue ésta, «mediante las armas de la justicia, las de la derecha y las de la izquierda, en gloria e ignominia» (2 Cor 6,7-8), la que redimió, en primer lugar, a los santos mártires en sus persecuciones y angustias con coronas diversas, unidas entre sí por las numerosas flores del sufrimiento. Ahora, en tiempos de paz, ese sufrimiento recibe, por gracia de Dios y de mano de reyes y hombres conspicuos por la grandeza de su dignidad, los honores que le deben incluso los hombres de cualquier linaje y apariencia. Y mientras tiene fronteras determinadas el poder de los soberanos de pueblos distribuidos por lugares diversos, sólo la santa Iglesia católica posee una potestad sin fronteras en todo el mundo. Pues, como está escrito, Dios puso en su término la paz (Sal 147,14). Pero si sobre este asunto quisiera decirlo todo, necesitaría un discurso de muchas horas.

28. Instruidos en esta santa Iglesia católica por preceptos y costumbres preclaras, poseeremos el Reino de los cielos y obtendremos en herencia vida eterna. Por lo cual soportamos todas las cosas para que el Señor nos la conceda. Pues la meta que nos hemos fijado no consiste en cosas limitadas, sino en la consecución de la vida eterna, y ésta es nuestra lucha. Por eso se nos enseña en la confesión de fe que, después de en la resurrección de la carne, es decir, de los muertos, creamos también en la vida eterna, por la cual los cristianos estamos luchando.

29. Así pues, el Padre es real y verdaderamente vida, y por el Hijo derrama a todos, como de una fuente, y en el Espíritu Santo, los dones celestiales. Por su benignidad nos han sido prometidos también a los hombres de modo veraz los dones de la vida eterna. Y a esto no se le puede negar, como si fuese cosa imposible, la fe: debemos creer, no mirando a nuestra debilidad, sino en atención a su poder: «Para Dios todo es posible» (Mt 19,26). Que ello es posible y que esperamos la vida eterna lo dice Daniel: «Los que enseñaron a la multitud la justicia (brillarán) como las estrellas, por toda la eternidad» (Dan 12,3). Y Pablo dice: «Y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes 4,17). Este «estar siempre con el Señor» designa a la vida eterna. Muy claramente lo dice también el Salvador en los evangelios: «E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25,46).

Conseguir la vida eterna obrando el bien

30. Son muchas las pruebas que pueden darse acerca de la vida eterna. Y a quienes deseamos obtenerla, la Sagrada Escritura nos señala los modos de adquirirla. De ellos aduciremos ahora unos testimonios, pocos a causa de lo ya prolijo de mis palabras, dejando a los estudiosos el resto de lo que se pueda investigar. Pues algunas veces dicen que se obtiene por la fe, pues está escrito: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3,36). Y este mismo25 dice: «En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna» (5,24), además de lo que sigue. Pero otras veces dicen que se obtiene por la predicación del Evangelio, pues dice: «El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador» (4,36). También a veces se dice que por el martirio y la confesión de Cristo. Dice, en efecto: «El que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna» (12,25). E igualmente poniendo a Cristo antes que el dinero y el parentesco de cualquier clase: «Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas... heredará vida eterna» (Mt 19,29). Y por la observancia de los mandamientos: «No matarás, no cometerás adulterio,...» (19,18), como respondió a aquel hombre que se acercó y dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (19,16). Pero, además, apartándose de las malas obras y dedicándose al servicio de Dios, pues dice Pablo: «Al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna» (Rm 6,22).

31. Hay otras formas de conseguir la vida eterna, pero las he pasado por alto para no ser tan abundoso. Puesto que Dios ama a los hombres tan intensamente, no ha abierto una sino múltiples puertas a la entrada a la vida eterna para que todos, en cuanto esté de su parte, disfruten de ella sin impedimento alguno. Entretanto hemos dicho brevemente estas cosas acerca de la vida eterna. Son lo que en último término hay que enseñar acerca de la fe y son su final. Ojalá la consigamos por gracia de Dios todos nosotros, los que os instruimos y los que escucháis.

Habrá una preparación de las ceremonias de la Pascua

32. Por lo demás, amados hermanos, hablar de estos mandatos os exhorta a todos vosotros a disponer el alma para la recepción de los dones celestiales. Acerca de la fe santa y apostólica os hemos hablado, cuanto nos ha sido permitido y por la gracia de Dios, en estos pasados días de Cuaresma. No es que sólo se hayan podido decir estas cosas, pues hemos pasado por alto otras muchas que tal vez por mejores maestros serían pensadas de modo más sublime. Pero puesto que ya está ahí el día de Pascua, en que vuestra caridad será iluminada en Cristo por el lavado de la regeneración, seréis instruidos, si Dios quiere, en las cosas que conviene26: con cuánta piedad y en qué orden conviene entrar una vez que os llamen, por qué razón se celebra cada uno de los santos misterios del bautismo y con cuánta reverencia y orden se debe ir desde (el lugar del) bautismo hasta el altar santo de Dios para gozar de los misterios espirituales y celestiales que allí se distribuyen, de modo que, por la iluminación previa de vuestra alma por esta palabra de doctrina, conozcáis por cada uno de esos detalles la grandeza de los dones que Dios os ha concedido.

Habrá catequesis mistagógicas en la semana de Pascua

33. Pero después del día santo y saludable de Pascua, comenzando desde el segundo día después del sábado, entraréis, inmediatamente después de la asamblea litúrgica, en el lugar santo de la resurrección para oír, si Dios quiere, otras catequesis, en las que seréis instruidos también en las razones y en las causas de cada una de las cosas llevadas a cabo. Recibiréis también las razones tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento: en primer lugar, acerca de lo que se ha dicho inmediatamente antes del bautismo, pero, además, cómo habéis sido purificados de los pecados por el Señor mediante el lavatorio de agua con la palabra y de qué modo, corno los sacerdotes, habéis sido hechos partícipes del nombre de «Cristo». O también cómo se os ha dado la señal de la comunicación del Espíritu Santo. Y también acerca de los misterios de la nueva Alianza, que tomaron aquí su inicio: qué es lo que la Sagrada Escritura nos ha transmitido acerca de ellos y en qué consisten su fuerza y su poder. Y de qué modo hay que acercarse a ellos y cuándo y cómo se han de celebrar. Y como última cosa de todas, por qué debéis en el tiempo posterior vivir y manteneros, tanto en palabras como en obras, de un modo digno de la gracia recibida, para que todos vosotros podáis gozar de la vida eterna. y estas cosas, si es voluntad de Dios, os las explicaremos nosotros.

La alegría de la Iglesia porque va a crecer el número de sus hijos

34. «Por lo demás, hermanos míos, alegraos en el Señor; os lo repito, estad alegres» (cf. Flp 3,1; 4,4), pues «se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28) y el celeste ejército de los ángeles espera vuestra salvación. Y ya se oye «la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor» (Mt 3,3). Pero el profeta clama: «Sedientos, venid al agua» (Is 55,1), e inmediatamente, en lo que sigue: «Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso» (55,2). Y no mucho después oiréis aquel extraordinario pasaje: «Resplandece, resplandece, Jerusalén, que ha llegado tu luz» (Is 60,1 LXX). De esta Jerusalén dijo el profeta: «Tras de lo cual se te llamará Ciudad de Justicia, metrópoli fiel de Sión» (1,26 LXX) a causa de la Ley que partió de Sión y de la palabra del Señor que se originó de Jerusalén (cf. 2,3). Desde aquí regó como lluvia el orbe entero. A ella también le dice el profeta acerca de vosotros: «Alza en torno los ojos y mira: todos ellos se han reunido y han venido a ti» (49,18). Y ella responde diciendo: «¿Quiénes son estos que como nube vuelan, como palomas a sus palomares?» (40,8): nubes por lo espiritual y palomas por la sencillez. Y a su vez: «¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Es dado a luz un país en un sólo día? ¿O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Sión a sus hijos» (66,8). Todas las cosas serán llenas de un gozo inefable por el Señor, que dice: «Convertiré a Jerusalén en exultación y a mi pueblo en alegría».

De Dios os dé alegría, os bendiga y os ayude

35. Sea permitido decir también de vosotros ahora: «¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra!..., pues Yahvé ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido» (Is 49,13). Es por la bondad de Dios, que os dice: «He disipado como una nube tus rebeldías, como un nublado tus pecados» (44,22). Y vosotros, honrados con el nombre de fieles y de quienes está dicho: «a los que me sirven se les impondrá un nombre nuevo, que será bendecido sobre la tierra» (65,15-16), diréis con alegría: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo... En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según las riquezas de su gracia que ha prodigado sobre nosotros» (Ef 1,3.78), etc. Y también: «Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo...» (2,4-5). Y del mismo modo alabad de nuevo al Señor, autor de los bienes, diciendo: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos, en esperanza, herederos de vida eterna» (Tit 3,4-7). «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de nuestro corazón» (Ef 1,17-18) y os guarde en todo tiempo en buenas obras, palabras y pensamientos. A él sean la gloria, el honor y el poder por medio de nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

 


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