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Monasterios en la Edad Media

#1
El Clero. La vida monástica
1. La formación del Clero se hacía en las Escuelas catedrales y abaciales, y siguió las vicisitudes de las mismas. El Clero parroquial se formaba generalmente en los cabildos colegiales de las antiguas parroquias, bajo la dirección del párroco, y no se le exigía más conocimientos que los necesarios para el ejercicio de su ministerio. En general, en esta época no se hallaba cultura superior sino en los clérigos; los legos no cultivaban los estudios: y por eso era menos necesaria la preparación científica para conservar con ellos el prestigio del Clero rural. La dificultad suma de procurarse libros, contribuía a bajar el nivel científico, e imponía a la mayoría de los clérigos, exigencias que ahora parecerían desmesuradas.
Las prescripciones de los Concilios y las Capitulares fijan el mínimo de conocimientos indispensables al clérigo; y así no se pueden tomar como norma para estimar la instrucción general del mismo. El Sínodo de Cloveshove decía: "Los sacerdotes deben conocer perfectamente sus funciones, y poder traducir y explicar en la lengua vulgar el Símbolo, el Padrenuestro y todas las palabras de la Misa y del Rito bautismal; asimísmo, saber qué significan las ceremonias que se hacen visiblemente en la Misa, en el Bautismo y otras funciones". En tiempos de Carlomagno se había de examinar si los candidatos a las órdenes sabían y entendían el Símbolo apostólico y anastasiano y el Padrenuestro; si conocían los cánones, el Penitencial, las ceremonias del Bautismo, la Misa y el rezo del Breviario; y si entendían y sabían declarar a los demás los Evangelios y las Homilías de los Padres. De los sacerdotes se exigía además que estudiaran todo el Misal, el Cómputo, el canto, el Liber comitis, el Liber pastoralis de San Gregorio Magno, el Liber officiorum (de San Ambrosio?), el Pastoral del Papa Gelasio; y que supieran escribir cartas y documentos. En otro lugar ordena que se los examine sobre la Catequesis, la Predicación y el oír confesiones. Mayores son las exigencias que un Obispo dirige a su Clero, deseando que sean doctos en las Sagradas Escrituras, y sepan de memoria el Salterio y el rito Bautismal. Parecidas prescripciones a las de Carlomagno, daban Hinemaro de Reims y, hacia 995, Raterio de Verona. Rabán Mauro pedía al Clero conocimiento de la Sagrada Escritura y de sus diferentes sentidos, de los dogmas, de la elocuencia sagrada, y de la Moral y de los remedios contra las pasiones y pecados. En su obra De Institutione clericorum da un resumen de lo que, en su tiempo, habían de aprender los clérigos de cada disciplina. La queja de Carlomagno, que se aduce para demostrar la ignorancia del Clero: que algunos ni siquiera sabían de memoria el Padrenuestro y el Credo, no se refiere a los clérigos, sino a los padrinos, y a dichas oraciones latinas.
2. La vida de muchos clérigos no correspondía a su vocación ni al elevado concepto de la Iglesia. El influjo de los príncipes y de otras personas grandes, elevó a las sedes episcopales a los hombres inútiles, y el resultado fue toda clase de faltas en la vida del Clero. Agregáronse los efectos de la propiedad particular de las iglesias nunca suprimidos y que, si bien reprimidos por la legislación Carolina, volvieron a tomar incremento cuando la Nobleza se encerró en sus castillos, donde ponía sus propios clérigos. estos sustrajeron a la inspección del Obispo y fueron indignamente tratados. Así es como muchos cayeron en la ignorancia, embriaguez, codicia y en otras faltas. La ley del celibato se infringió muchas veces, y Witiza llegó a declararla abolida; pero los Sínodos salieron con gran resolución a su defensa, deponiendo a los clérigos, castigando a las barraganas, negándoles sepultura eclesiástica, reduciéndolas a servidumbre, declarando a los hijos, siervos e incapaces para el Estado eclesiástico. Con éstas y otras faltas fue muy beneficiosa la reforma Carolina, exigiendo por ley la vida común de los clérigos, y en esta reformación trabajaron resueltamente varones eminentes, como el obispo de Cantorbery Dunstán, en Inglaterra (m. 988), y en Italia, por el mismo tiempo, Raterio de Verona y Aton de Verceli. En Francia, la situación del Clero fue deplorable bajo los últimos Merovingios; bastante buena en el siglo IX; lo propio que en Alemania en tiempo de la Casa de Sajonia. Pero a fines de este período, se empeoró en todas partes y exigió imperiosamente la reforma del período siguiente.
1. Reforma Cariovingia. Con San Bonifacio comenzó en Francia un movimiento de reforma de la vida del Clero, continuado por Carlomagno y Ludovico Pío, insistiéndose en las antiguas prescripciones y renovándolas. Las resoluciones de los sínodos y dietas se publicaron como leyes civiles, y se urgieron por los missi dominici; se imponía el celibato, se prohibía la cohabitación con mujeres, el lujo, la embriaguez, y las ocupaciones y diversiones mundanas. Al propio tiempo se cuidó de la sustentación del Clero, asignándole los diezmos y ciertas posesiones exentas (Mansus ecclesiasticus).
2. Vida canónica de los clérigos. Ya en la época patrística vivieron los clérigos, en algunas partes, en una especie de comunidad monástica, bajo un superior; y esta institución se había conservado en algunos sitios hasta el siglo VIII, y se renovó con empeño en tiempo de la reforma Carlovingia. En las diócesis recién fundadas en Alemania, los mismos monasterios asumían la cura de almas, lo cual influyó para que se pidiera la vida común de los clérigos, como se hizo con gran resolución en las Capitulares de Carlomagno, con lo cual la vita canonica se estableció, primero en las catedrales, y luego, según la posibilidad, en las iglesias rurales. El Obispo San Crodegango de Metz, benedictino, compuso en 760 una Regla para su Clero catedral, conforme al dechado de la de San Benito, y el Sínodo de Aquisgrán (818) la corrigió y aumentó y la prescribió para todo el Imperio. Según ella, los clérigos vivían bajo un superior (praepositus) que tenía facultad para imponerles ayunos, disciplinas, cárcel, penitencia pública y excomunión; habían de rezar juntos con el Oficio divino, comer y dormir en comunidad, y se juntaban todos los días para leer un capítulo de la Sagrada Escritura (de ahí el nombre de Capítulo dado a su junta). Se distinguieron Cabildos catedrales y colegiales, cuya vida se diferenciaba de la monástica, así en que los colegiales tenían diferentes grados según sus órdenes, como en que no emitían votos, ni vestían hábito ni podían tener propiedad particular. Pero, por muy ventajosa que fuera aquella manera de vida, para la formación moral y científica del Clero, no tuvo mucha duración. A pesar de las ordenaciones de los Superiores y de las parciales renovaciones, en el siglo X se fue abandonando la vida en los cabildos catedrales y luego de los colegiales. Se repartieron las rentas (Praebenda) entre los canónigos, y sólo quedó el coro común, y a veces también la mesa. Asimismo, por efecto de la reforma Carlovingia, se formaron comunidades de canonesas, que se diferenciaban de las monjas y vivían conforme a la regla de los canónigos, convenientemente adaptada para ellas.
3. Los religiosos propiamente dichos, pertenecían en Occidente, desde el siglo IX, casi exclusivamente a la Orden benedictina. La vida monástica tuvo grandes decadencias desde el siglo VI hasta el XI. Las riquezas de algunos monasterios y el prestigio de que gozaban llevaron a ellos elementos extraños; y la posición política de los abades, y la circunstancia de que algunos príncipes y otras personas grandes eran encerradas en los monasterios, arrastraron a muchos de éstos y a sus moradores a las agitaciones políticas; al paso que el gobierno de los abades legos (abbacomites) y el influjo de algunos protectores, perturbaron de mil modos el orden y la disciplina monástica. Finalmente, lo propio que sucedió con las iglesias, hubo monasterios de propiedad particular de los reyes, grandes y poderosas familias que los habían fundado, y esta circunstancia condujo muy frecuentemente a la ruina moral de los mismos.
Después que, en tiempos de los últimos Merovingios, se produjo una profunda decadencia de los monasterios, en tiempo de Carlomagno y sus inmediatos sucesores se iniciaron eficaces conatos de reforma, de los cuales fue el alma San Benito de Aniano (m. 821). Pero de nuevo cayeron los monasterios en extremada relajación bajo los últimos Carlovingios, añadiéndose a las causas anteriores, las incursiones de los Normandos, que desolaron las abadías de la Baja Lorena y del Norte de Francia; de los Húngaros, que casi aniquilaron los monasterios de Baviera y perjudicaron a otros muchos de Alemania; y de los sarracenos, que destruyeron los de España y molestaron con sus incursiones los del Sud de Italia,- Por estas causas, la reforma iniciada en el siglo X entró por nuevos caminos, y mientras anteriormente se habían contentado con inculcar la observancia de la Regla o modificarla, ahora se reunieron las abadías en congregaciones, las más de las cuales nacieron antes de Gregorio VII, pero alcanzaron principalmente después de él su florecimiento. El progreso principal que aportaron estas congregaciones fue procurar la centralización de la administración y gobierno de los claustros. Cada una de aquellas Congregaciones tuvo un monasterio principal, desde el cual los demás monasterios de la Congregación habían sido fundados o reformados; cuyo superior visitaba los otros monasterios y a veces designaba sus superiores. Si en un monasterio amenazaba la relajación de la vida regular, se les remediaba, ya trasladando a los relajados a otros monasterios, ya trayendo de ellos varones ejemplares; especialmente del monasterio principal.
Conforme a las leyes dadas por el Concilio de Calcedonia, los monasterios estaban sujetos al Obispo diocesano, el cual los visitaba e inspeccionaba. Pero la naturaleza misma de los monasterios exigía su independencia de la jurisdicción episcopal en algunas cosas, en la elección de los abades y cumplimiento de la Regla; y por ende exención de la visita pastoral, la cual procuraron alcanzar y extender los monasterios. Así, que ya muy pronto hallamos limitadas exenciones, bien que sólo para determinados monasterios. El primer caso en que Roma declaró un monasterio exento de la jurisdicción episcopal ocurrió en el de Bobbio (628), y siguieron Fuida y Montecassino en el siglo VIII. El motivo de estas exenciones fue la condición de dichos monasterios como centro de dilatadas misiones. Desde el siglo IX fue aumentando el número de los monasterios que se acogían al amparo del Papa; para lo cual tenían especial motivo los monasterios de propiedad particular, porque la intrusión de los dueños era frecuentemente perniciosa. Este amparo pontificio no equivalía de suyo a la exención; pero un género de él, que hacía el monasterio propiedad del Papa; traía la exención consigo, y así otros monasterios quisieron derivar la exención de la tutela pontificia. A Congregaciones enteras no se le concedió la exención hasta la época de los Cluniacenses. La abadía de Cluny la obtuvo en 938, y los más de los monasterios que le estaban sujetos en 1097. También los Camaldulenses y la Congregación de Vallumbrosa alcanzaron la exención por la parte que tomaron en la reforma de Gregorio VII, y los Cistercienses fueron exentos poco después de su fundación. -Las Órdenes militares gozaron después una amplia independencia de la jurisdicción episcopal.- El número de sacerdotes, que antiguamente había sido muy reducido en los monasterios, aumentó desde el siglo IX, y se encomendó a los monjes la administración de parroquias. Además, de grado y por fuerza, entraban en los monasterios muchos penitentes para cumplir su penitencia pública (conversi), y así se vino a formar la distinción entre los monjes clérigos (coristas) y legos (frates conversi), que se fue generalizando gradualmente. Natural consecuencia de esta división fue también la división del trabajo, ocupándose los sacerdotes en la cura de almas, el estudio y la enseñanza, y dejando para los Hermanos legos los trabajos corporales.
1. Reforma Carlovingia. Bajo Pipino el Breve y Carlomagno se levantaron los monasterios de Francia de la postración en que los habían sumido las devastaciones y saqueos, y sobre todo, los abusos de los abades legos. Ante todo, se introdujo generalmente por ley la Regla benedictina, y luego se dieron ordenaciones contra los diferentes abusos, (elección de abades, examen y admisión gratuita de los candidatos, observancia de la clausura y reducción de los viajes). Se quitaron los abades legos, se hicieron considerables donaciones a los monasterios, y se les dio la inmunidad. -El abad San Benito de Aniano reformó desde 802 los monasterios de Aquitania, y luego, por encargo del Emperador, visitó los de todo el Imperio, reformando muchos y fundando el de S. Cornelio en Aquisgrán. Reunió las antiguas Reglas en su Codex regularum y escogió lo mejor de ellas en su Concordia regularum. También contribuyó a formar el Estatuto para los monjes, del Concilio de Aquisgrán de 818, con que se declara y completa la Regla benedictina.
2. Los Cluniacenses. San Odón (m. 941), segundo abad del monasterio de Cluny, fundado en 909, alcanzó tan grande prestigio, por la fama de su monasterio y la reforma que había introducido en otros varios italianos, que algunos monasterios franceses se le sujetaron espontáneamente, y así nació la Congregación de Cluny, la cual se extendió más en francia bajo los sucesores de San Odón, San Mayolo (954-94) y San Odilón (m. 1049); en tiempo del abad Hugo el Grande, el amigo de San Gregorio VII, traspasó las fronteras de Francia y alcanzó su mayor esplendor en el de Pedro el Venerable (1122-56); pero luego fue oscurecida por las nuevas Órdenes, y algunos Estados prohibieron en la época de la Reforma la conexión de sus monasterios con el de Cluny. En su mayor florecimiento contaba con monasterios en Alemania, Polonia, Inglaterra, España, Italia, y hasta en la Tierra Santa, en número de unos 2000. Las Consuetudines Cluniacenses estribaban en la Concordia de San Benito de Aniano, la cual refundió el Abad Hugo, y Pedro el Venerable las prescribió a todos los monasterios de la Congregación. En lo interior se señalan por la severidad y obediencia, y en lo exterior por la beneficencia y la hospitalidad. Los Cluniacenses cultivaron fervorosamente los estudios; sus principales abades fueron todos escritores, y el Abad de Cluny alcanzó grande influencia en los asuntos políticos y eclesiásticos. Los priores de los monasterios que dependían de él, parte eran designados por dicho Abad, parte elegidos por los monjes.
La reforma cluniacense fue introducida en España por Paterno, monje de San Juan de la Peña, que poco después la introdujo en Oña. En Sahagún no se pudo plantear hasta el abad Bernardo, que fue después Primado de Toledo y obtuvo grande influjo para los Cluniacenses en España.
3. En Lorena, después de las devastaciones de los Normandos, se inició la reforma, sin más que inculcar la observancia de la Regla de San Benito. En Einsiedeln, cerca del Lago de Zuric, se introdujeron costumbres reformadas, que se extendieron a otros monasterios; y cuando en el siglo XI llegaron a Ratisbona los Cluniacenses, se combinó su reforma con la de Einsiedeln, y se formó la base de la Congregación de los Hirschau (en la Selva negra), que llegó a comprender 100 monasterios, y cultivó con fruto los estudios. Fue una notable mejora la prohibición de admitir oblatos.-
Los monjes irlandeses seguían viniendo a Alemania, y Mariano Escoto fundó en Ratisbona el monasterio de San Jacobo, que fue centro de once monasterios, llamados de escoceses, los cuales formaron la Congregación de los monasterios escoceses.
4. Un cluniacense fundó en 980 el monasterio de la Santísima Trinidad de Cava (Salerno), el cual se hizo centro de otra Congregación (de Cava) que comprendió 300 monasterios. 
5. Lo que fueron para Francia los Cluniacenses, fueron para Italia los Camaldulenses. San Romualdo, nacido de una familia de príncipes de Lombardía, fundó no lejos de Florencia, en 1012, un monasterio, en posesión del Conde Maldulo (Campo di Maldulo, Camaldoli), dándole la Regla de San Benito, modificada para anacoretas. El monasterio constaba de una porción de celdas separadas y ceñidas por un muro común. La Orden, que tuvo también monasterios femeninos, fue aprobada por Alejandro II (1072), sirvió de apoyo para la reforma monástica y decayó desde el siglo XV.
6. A pocas leguas de la Camáldula fundó San Juan Gualberto (1038) un eremitorio que se llamó Vallumbrosa, destinado a la vida contemplativa, y con la Regla de San Benito modificada para este fin. Exigía perpetuo silencio, abstención de trabajos manuales y continuo retiramiento en el monasterio. Para los trabajos manuales había Hermanos legos. Esta Orden tuvo a lo sumo 60 monasterios, y no salió de Italia.
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