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Las persecuciones a los cristianos

#1
Las persecuciones a los cristianos en los primeros siglos
Mientras el Cristianismo fue tomado por una secta judaica, gozó el amparo de la ley como religión permitida, y así los magistrados protegieron a los fieles contra el fanatismo de los judíos y los ataques de los gentiles. Pero ya en el 58 la noble Pomponia Graecina fue acusada de superstitio externa, y por este concepto fue perseguido el Cristianismo desde los últimos tiempos de Nerón. El cristiano era castigado por serlo, hasta que Trajano ordenó que se le perdonara si renegaba de su fe, injuriando a Cristo y ofreciendo sacrificios a los dioses o a la estatua del Emperador; y mandó que no se buscara a los cristianos ni se admitieran contra ellos delaciones anónimas. Estos principios sirvieron de norma para tratar a los cristianos hasta el siglo III.
Desde Marco Aurelio se empleaba el tormento para obligar a los acusados de apostasía; Septimio Severo (202), para oponerse a la eficaz propaganda del Cristianismo, prohibió abrazarlo bajo graves penas. Pero desde Decio la persecución tomó otro carácter: los magistrados hubieron de buscar a los fieles sin esperar la acusación privada, con lo cual aumentó incalculablemente el número de los procesos, principalmente contra los obispos y clérigos.
Cuando se fija cierto número de las persecuciones, se atiende a aquellas que partieron de los Emperadores, y en este concepto fueron universales. Pero en algunas provincias hubo mayor número de persecuciones promovidas por el pueblo o los gobernantes. Lactancio Agustín (de civ. Dei 18, 52) se cuentan por lo general diez, con alusión a las plagas de Egipto o a las diez cabezas de la bestia apocalíptica (12, 17).
1. Señálese como primer perseguidor a Nerón. El 19 de Junio del 64 estalló un incendio que destruyó, en seis días, diez de las catorce regiones de la Ciudad. La opinión pública acusó al Emperador, que se había gloriado de construir una ciudad nueva, y para echar de sí esta sospecha, declaró reos, y torturó con exquisitos tormentos, a los que el vulgo llamaba cristianos y aborrecía creyéndoles reos de horribles delitos. Una “gran multitud” de ellos fue convicta, no del incendio, sino del odio al género humano. Al tormento se añadió el escarnio, envolviéndolos en pieles de animales para hacerlos devorar por los perros, o poniéndolos en cruces y cubriéndolos con materias inflamables, donde los quemaban para servirse de ellos como antorchas, en los mismos jardines de Nerón. Clemente Romano habla de las Dirces y Donaides, o sea: mujeres cristianas a quienes quitaban la vida en los juegos públicos, imitando los suplicios de aquellas personas mitológicas. Parece que Popea Sabina, mujer del Emperador, prosélita y amparadora de los judíos, y otros israelitas de su servidumbre, hicieron fijar a Nerón en los calumniados cristianos. Entre los mártires, además de san Pedro y San Pablo, conocemos los nombres de Proceso, Martiniano, Basilisa y Anastasia.
2. Domiciano, “portio Neronis de crudelitate” (81/96), persiguió a los fieles desde el año 14 de su reinado (94); y pero antes de su muerte (18 Sbre. 96) parece haber revocado sus órdenes. Muchos fueron condenados por ateísmo y costumbres judaicas, parte a la muerte, parte al destierro y confiscación de bienes. Flavio Clemente, primo del Emperador, cónsul en el 95, fue ejecutado, su esposa Flavia Domitila desterrada a la isla Pandataria (Santa María, frente a Gaeta); Flavia Domitila la joven, hija de Santa Plautila, a la isla Pontia; M. Acido Glabrión, que fue cónsul el 91, fue martirizado; San Juan, desterrado a Patmos, después de sumergido en aceite hirviendo ante portam latinam. Por el contrario dos parientes del Señor salvaron su vida convenciendo al Emperador de que no aspiraban a la corona del Reino judaico. Parece haber sido ocasión de la persecución el pago del didrachma o tributo del Templo (que se destinaba al Templo de Júpiter), al cual se quiso obligar a los cristianos qui improfessi judaicam viverent vitam. La negativa de este pago (que consideraron los fieles como idolátrico) irritó al Emperador, que se hacía llamar “dominus ac deus noster Domicianus”.
Recientemente se ha pretendido que estas persecuciones no se dirigían contra los fieles como cristianos, y que se limitaron a Roma. Pero en la 1ra Pe habla de martirios por el nombre cristiano en tiempo de Nerón, en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia, Bitinia; y el Apocalipsis (a. 95), de cristianos que morían por su fe en el Asia Menor (6 ,9; 20, 4) nombrando entre ellos a Antipas. La Epístola de Plinio y la contestación de Trajano, indica que había antes de este Emperador una ley o práctica policíaca contra los cristianos como tales. Y lo mismo dice Tertuliano (Apol. 5).
3. A Nerva, que había prohibido la persecución por ateísmo y costumbres judaicas, siguió Trajano (98-117), el cual renovó la persecución con su ley contra las sociedades ilícitas (Hetaerías); disponiendo que los fieles no fueran buscados; si los acusaban y eran convencidos habían de ser castigados, a no ser que renegaran de su fe y ofrecieran sacrificios a los dioses. No se debían admitir las delaciones anónimas. En este reinado padecieron el martirio † San Ignacio de Antioquía, el obispo Simeón de Jerusalén (de 10 años de edad) y los servidores de la joven Domitilia † Nereo y Aquileo. La epístola de Plinio demuestra que padecieron muchos en el Asia Menor.
Aunque Adriano y Antonino Pío no fueron hostiles a los cristianos, como el populacho, irritado por las calamidades públicas, pedía el suplicio de los fieles, se repitieron los martirios. Adriano, escribiendo al Precónsul de Asia Minucio Fundano, prohibió de esta manera de proceder, y ordenó que no se condenara a ninguno si no hubiera acusador, el cual sería a su vez condenado si no probaba su acusación. En tiempo de este Emperador, a quien le dirigió su apología Quadratus (126), padeció el Papa Telesforo (125/69). -Antonio Pío procuró proteger a los cristianos contra la furia popular, en edictos a las ciudades de Larisa, Tesalónica, Atenas y a todos los griegos. A pesar de esto padecieron entonces † San Policarpo, obispo de Esmirna (de 86 años de edad) con otros once fieles (el 155) y otros tres mártires en Roma.
4. Según Melitón de Sardes, el filósofo estoico Marco Aurelio (161/80), restableciendo solícitamente el culto a los dioses, publicó un decreto con que dio ocasión a nuevas delaciones. El número de los apologistas (Melitón, Apolinar, Atenágoras, Justino, Taciano, Teófilo) indica la gravedad de esta persecución, y los martirios de Lión demuestran el grande odio de los paganos, irritados por el hambre, la peste y las guerras. El obispo de Lión † Fotino (de 90 años) con sus diáconos Sancto y Átalo, la esclava Blandina y el joven Póntico (de 15 años) murieron con otros 45 (178); en Roma † San Justino con seis compañeros; en Pérgamo su Obispo † Carpo, el diácono Papilo y Agatónica. En Roma un gran número de cristianos, con el que luego fue Papa Calisto, fue condenado a las minas de Cerdeña y perdimiento de la libertad. Se cree que, hacia el fin de su reinado, suspendió el Emperador la persecución por efecto de la maravillosa salvación suya y de su ejército en la guerra de los Marcomanos (174?), que atribuyó (Tertuliano) a las oraciones de los soldados cristianos (de la Legión fulmínea?). Pero una estatua de Roma y medallas, celebraban como salvador al Emperador.- Bajo el grosero gladiador Cómodo gozaron los fieles de paz, a lo que parece por influjo de su esposa Marcia, cristiana (?), que libró aun a los desterrados de Cerdeña. Con todo eso padecieron en Roma el senador † Apolonio y en África los † doce mártires scilitanos, Esperacio, Nazario y sus compañeros.
5. Septimio Severo (193-211) no fue enemigo de los cristianos hasta 202, a pesar de lo cual, desde 197 corrió mucha sangre cristiana en África y en Roma, moviendo a Tertuliano a volver por los fieles con su Apologético, dirigido a los magistrados para rebatir las acusaciones de lesa majestad y sacrilegio, y “Ad nationes”. Miras políticas y exageraciones de los montanistas, movieron al Emperador a la persecución en 202. El teatro de ésta fue principalmente África (cuyo gobernador Scápula continuó persiguiendo a los fieles aún después de la muerte del Emperador), la Galia y Egipto. Los mártires más conocidos son † Stas. Perpetua y Felicitas, Leónidas, padre de Orígenes, y Potamina, etc. - Los emperadores siguientes cesaron en la persecución, gracias a sus ideas sincretistas. Heliogábalo (218-22) trató de combinar el Cristianismo con su culto siríaco del Sol. Alejandro Severo (222-35), influido por su madre Julia Mammea, favorecedora de Orígenes, se mostró benévolo a los cristianos, consideró su religión como lícita y colocó la imagen de Cristo en su larario, con las de Abraham, Orfeo y Apolonio de Tiana. Hizo grabar en su palacio la máxima cristiana: No hagas a otro lo que no quieras para tí, y, contra las reclamaciones de los bodegoneros, concedió a los fieles en Roma un sitio público para su culto.
6. Maximino Tracio (235-8), aunque indiferente en religión, persiguió a los cristianos como partidarios de su predecesor, y mandó ejecutar a los jefes de las iglesias, si bien su orden no se ejecutó rigurosamente. El Papa Pontimo fue en 235 desterrado con San Hipólito a Cerdeña, donde murió, después que había muerto ya en la cárcel su sucesor Antero, en quien Pontiano, para dar un pastor a su grey había abdicado. Pero sobre todo corrió la sangre cristiana en el Asia Menor, donde el populacho estaba irritado por los terremotos. De Filipo el Árabe dice Eusebio (He. 6, 34) que fue cristiano e hizo penitencia canónica. Es cierto que así él como su mujer Severa, estuvieron en correspondencia con Orígenes.
7. Decio. La Iglesia había ganado cerca de 40 años de paz, salvo la breve persecución de Maximino, y se había multiplicado el número de los fieles, cuando comenzaron las persecuciones encaminadas a aniquilarlos. Dióles principio Decio Trajano (249-51), por otra parte no mal hombre y diestro en el gobierno, el cual dio un edicto (perdido) exigiendo que todos sus súbditos sacrificaran y comieran de los sacrificios. En todas partes se nombraron comisiones para la ejecución, y muchos cristianos confesaron la fe en tormentos que duraban días y meses sin llegar al martirio, de suerte que San Cipriano se quejaba de que no dejaban morir a los que lo deseaban. En Roma padecieron el Papa Fabián, los persas Abdón y Senén; en Catania la virgen Águeda, Félix EN Nola, Pionio en Esmirna; Alejandro, Obispo de Jerusalén, murió de hambre, y asimismo catorce cristianos en África. Entre otros fueron confesores Dionisio de Alejandría, Babilas de Anioquía, el gran Orígenes, y el presbítero Moisés en Roma que se consumió casi un año en la cárcel. La persecución había comenzado ya en Alejandría un año antes de Decio, y coronado a Santa Apolonia y otros veintitrés. Los infernales suplicios produjeron muchas apostasías: unos sacrificaban a los ídolos (Sacrificati), otros incensaban las estatuas del Emperador (Thurficati); otros, sin haber sacrificado, se hacían inscribir en las listas de los paganos (Acta facientes) o lograban una cédula en que se decía habían sacrificado (Libellatici). Aun obispos, como los españoles Basilides y Marcial, negaron la fe. Decio pereció en 251 en guerra con los godos.

Se cree que padecieron antes de Decio (aunque no se sabe con certeza en qué fecha), los mártires españoles Facundo y Primitivo (Galicia), los Santos Marcelo y Nona, con sus tres hijos Lupercio, Claudio y Victoria (León), Acisclo y Victoria (Córdoba) y San Fermín, obispo de Pamplona, martirizado en Francia (Amiens o Tolosa).- En la persecución de Decio fueron coronados en España Emeterio y Caledonio (Calahorra), Santa Marta (Astorga) las Santas Justa y Rufina (Sevilla), y los Santos Luciano y Marciano. (Adic. del T).
8. Tras breve pausa se renovó la persecución en tiempo de Galo (251-3), el cual, con ocasión de la peste de 252, mandó que todos ofrecieran sacrificios a Apolo. La persecución se extendió por lo menos en Alejandría, África y Roma (Martirios de los Papas Cornelio, 253, y Lucio, 254?).
9. Valeriano (253-60) estuvo al principio de su reinado tan favorable a los fieles como ninguno de los anteriores emperadores, ni aun aquellos que públicamente habían sido designados como cristianos. “Su corte estaba llena de personas piadosas y parecía una iglesia de Dios”; pero en 257 se dejó inducir a perseguirlos, por su favorito Macriano, que encontraba en ellos obstáculos para los sacrificios humanos de su magia. El primer edicto (257) exigía sacrificar a los dioses, prohibía las reuniones religiosas y confiscaba sus locales, catacumbas y cementerios, so pena (a lo que parece) de cárcel o destierro (Cipriano y Dionisio de Alej.). El segundo edicto (258) condenaba a los clérigos a ser decapitados, a los senadores y caballeros a degradación, confiscación de bienes y por fin a ser decapitados, y a las señoras nobles al destierro. Sufrieron el martirio a los Papas Esteban y Sixto II, San Lorenzo, Cipriano de Cártago (14 Sbre. 258), la massa candida de Útica, o sea, 143 fieles quemados en cal viva, Fructuoso, obispo de Tarragona, con sus dos diáconos Augurio y Eulogio, etc.
El hijo de Valeriano, Galieno (260-8), revocó los edictos de su padre, restituyó los bienes confiscados y reconoció públicamente el Collegium fratrum, formado por los cristianos usando del permiso de las leyes para asociarse los pobres en collegia, generalmente para asegurarse sepultura. Sus edictos se dirigieron por primera vez a los obispos como jefes de aquellas asociaciones. Con esto comenzó aquella paz de cuarenta años durante la cual el Cristianismo se propagó aun en las clases elevadas, de suerte que se hallaban fieles en los más altos empleos civiles y militares, y se empezó a edificar templos suntuosos. No faltaron con todo mártires en esta época, por haber quedado la misma la situación legal de los cristianos. Por lo demás, la paz sólo se alteró una vez, cuando Aureliano (270-5), (que había expulsado de Antioquía a Pablo de Samosata, protegido por Zenobia de Palmira, y restituído su habitación al obispo reconocido por Roma), poco antes de su muerte dio un edicto de persecución, el cual quedó sin ejecutar.
10. Diocleciano. Esta larga paz, había, según el testimonio de Eusebio, producido grande tibieza en los cristianos, por lo cual permitió Dios la última, más larga y terrible persecución. Diocleciano (284-305) era hábil para el gobierno, pero supersticioso y déspota a la manera oriental (introdujo la diadema y la genuflexión ante el Emperador), el cual se propuso fortalecer el Imperio por muchas partes amenazado. En 285 lo dividió en dos mitades y dio la occidental (capital Milán) a Maximiano Hercúleo, a quien se asoció como Augusto, quedándose con el Oriente y estableciendo su residencia en Sirmio y Nicomedia. Ordenó una nueva división de todo el Imperio en provincias, diócesis y prefecturas, y para evitar una guerra de sucesión después de su muerte, nombró dos Césares con derecho a suceder a ambos Augustos: para el Occidente a Constancio Cloro, y para el Oriente a su yerno Galerio Armentarius. Al principio fue Diocleciano benévolo para los cristianos; eximió a los funcionarios cristianos de la obligación de sacrificar, y los empleados palatinos, la Emperatriz Prisca, su hija Valeria, Gorgonio, Doroteo, etc., podían ejercitar sin obstáculos su religión. Pero los acaecimientos ocurridos en el ejército fueron prenuncios de la persecución. En 297 (?) se obligó a los soldados cristianos a escoger entre sacrificar o retirarse, y algunos fueron ejecutados. El borracho Galerio, los neoplatónicos Porfirio, Jámblico y Herocles, y los sacerdotes de los ídolos, atizaban la persecución y el 24 de febrero de 303 se publicó el primer edicto. Todas las casas de oración de los cristianos habían de ser destruidas, sus Escrituras entregadas, los fieles incurrían en muerte civil; los nobles y plebeyos en esclavitud y los esclavos no podrían ser manumitidos. A Galerio le pareció demasiado suave, y se valió de un repetido incendio en palacio, que achacó a los cristianos, y algunas pequeñas turbulencias, para lograr un segundo edicto que mandaba encarcelar a los obispos y sacerdotes, y obligarles a sacrificar (¿tercer edicto?). En 304, probablemente en primavera, siguió el sanguinario edicto: que todos los cristianos hubieran de sacrificar o morir. El proceso se les formaba por lesa majestad y posesión de escritos mágicos. Renováronse en mayor escala las terribles escenas del tiempo de Decio y se extendieron por todo el Imperio, excepto en Galia y Britania, donde el noble Constancio se limitó a cerrar o derribar los templos. Fueron como nunca numerosas las víctimas: la “ingens multitudo” de los fieles de la Corte, en Nicomedia, “viri prope innumerabiles” en Egipto, etc. Son gloriosos los nombres de Inés y Anastasia, en Roma, de los Cuatro Coronados de Panonia, de Lucía en Siracusa, Genaro en Benevento, Nabor y Félix en Milán, Pantaleón en Nicomedia, Catalina en Alejandría, Margarita en Pisidia, Blas en Sebaste de Armenia.
En España, aunque no duró la persecución sino dos años, hizo muchos mártires, principalmente el feroz prefecto Daciano. Padecieron entre otros, Eulalia, Severo obispo, Cucufate y Félix, en Barcelona, Poncio y Narciso obispos, y los diáconos Victor y Félix, en Gerona, en Zaragoza, Engracia y los Innumerables, mientras San Valero obispo y Vicente diácono, iban a padecer en Valencia; Justo y Pastor en Alcalá; Leocadia en Toledo; Eulalia, Julia y otros veintiocho, en Mérida; Zoilo con otros diecinueve, en Córdoba; Ciríaco y Paula, en Málaga; Vicente, Sabina y Cristeta, en Ávila, Verísimo, Máximo y Julio, en Lisboa, y San Victor en Braga.
El primero de Mayo de 305, Diocleciano, enfermo y desalentado en sus empresas, abdicó; hubo también de abdicar Maximiano, y quedaron como Augustos Galerio y Constancio (m. 306) y cómo Césares Maximino Daza para Cilicia, Siria y Egipto, y Severo para Italia y África; bien que el segundo fue sustituido en 307 por Majencio, hijo de Maximiano. En Occidente aflojó la persecución, aunque hasta 310 no parece haber cesado del todo; pero en Oriente, se ensañaron, Galerio hasta 311 y Maximino Daza hasta 313. Éste suprimió desde 308 las ejecuciones, porque hasta los paganos comenzaban a murmurar, y por “especial benignidad y gracia”, sólo condenó a los cristianos a que les sacaran el ojo derecho y desjarretaran la pierna izquierda, y trabajaran así en las minas. Una asquerosa enfermedad movió a Galerio a decretar, ya en el lecho de muerte, un edicto de tolerancia (Abril de 311). Pero Maximino Daza, “el más brutal de todos los perseguidores”, no cesó en su furia, hasta que derrotado por Licinio (César desde 307) se acomodó en 313 a poner en práctica el Edicto de Milán, concediendo libertad religiosa. Poco después murió con muerte horrible. Los fieles se vengaron de sus perseguidores con heróicas obras de beneficencia durante la peste de 313.
Constantino había sucedido como Augusto a su padre en 306, mientras en Italia tomaban el mismo título Majencio y luego también Maximiano Hercúleo. Pero éste, por haber atentado contra la vida de Constantino, se hubo de dar la muerte; y al primero le venció Constantino el 28 de Octubre de 312, a pesar de la superioridad de su ejército, en la decisiva batalla del Puente Milvio, cerca de Roma. Constantino entró triunfante en Roma como emperador de todo el Occidente (Arco de triunfo de Constantino). En primavera se reunió en Milán con Licinio, con quien había casado a su hermanastra Constancia, para arreglar las cosas políticas, y en Enero o Febrero de 313 publicaron ambos el importante Edicto de Milán, concediendo a todos la libertad religiosa, y a los cristianos (corpus christianorum) la restitución de los bienes confiscados a las iglesias. Con esto cesaron definitivamente las persecuciones.
Eusebio, fundándose en la relación jurada de Constantino, refiere: que un día (antes de la expedición a Roma), vio el Emperador con todo su acompañamiento militar, en las primeras horas de la tarde, una cruz sobre el disco del sol, formada por luminosos rayos, con la inscripción “Hoc vince” (en griego); la noche siguiente se le apareció en sueños Cristo con la señal que había visto, y le mandó hiciera una insignia como aquella y la llevara a las batallas como señal de felicidad; lo cual hizo efectivamente el Emperador (el Lábaro). En su Historia Eclesiástica nada dice Eusebio de este suceso, pero conmemora que se eigió en Roma una estatua de Constantino con la cruz en la mano y la conocida inscripción. El autor del libro “De mortibus persecutorum” (c. 44) refiere sólo que Constantino fue amonestado en sueños tu coeleste signum Dei notaret in scutis atque ita proeliam committeret. Fundándose en estas circunstancias se ha discutido la maravillosa aparición en el cielo; pero se debe admitir a pesar de de la contradicción de los historiadores que abominan del milagro.
Fuente: Compendio de Historia de la Iglesia - Autor: Revmo. Sac. Dr. J. Marx, Prof. en el Seminario de Tréveris
IMPRIMATUR: Barcelona, 9 de Julio de 1926 - NIHIL OBSTAT: El Censor, Ramón Llobedola, S. J.
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