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El Jansenismo: Su origen y extinción

#1
El Jansenismo


Las herejías del siglo XVI habían negado la libertad humana, poniendo al hombre en manos de Dios como un instrumento sin voluntad, movido sólo por el influjo de la gracia; y estas ideas habían alcanzado su más absoluta expresión en la doctrina de la predestinación de Calvino. Esto obligó a los teólogos católicos de aquella época a ocuparse en la cuestión de las relaciones entre la divina gracia y la libertad humana. El Concilio de Trento solamente había definido que la voluntad humana presevera libre aun bajo el influjo de la gracia; pero no había resuelto la cuestión acerca del modo como se concilia la gracia con la libertad, la cual tampoco habían tratado exprofeso los santos Agustín y Tomás de Aquino, reconocidos como guías por los teólogos católicos. Esto, y la dificultad misma de la cuestión, hizo que se dividieran las opiniones al tratar de resolverla. La controversia se encendió ya en el Concilio Tridentino, pero no llegó hasta más tarde a desarrollarse del todo. Esto acaeció en España, donde se formaron los sistemas contrarios del Tomismo y el Molinismo. El primero procede propiamente del P. Báñez, dominico, el cual pretendía fundarse en Santo Tomás, y fue abrazado por los PP. Dominicos; y el segundo tomó su nombre del jesuita P. Luis de Molina, fue desarrollado por los PP. Suárez y Vázquez, defendido por los Jesuítas y se llama mejor Congruismo. No se llegó a una resolución autoritativa de la controversia.
Muy diferente fue la contienda que se encendió en Bélgica y se extendió a Francia, en la cual se llegó por una parte a proposiciones verdaderamente heréticas, a una especie de Protestantismo atenuado en la doctrina de la gracia, y el cisma de Utrecht. También fueron los Jesuitas los que abrazaron aquí la causa de la libertad, y el partido contrario de los Jansenistas se distinguió por su odio contra la Compañía de Jesús, su menosprecio de la Ciencia escolástica y su viciosa manera de entender a San Agustín, coincidiendo en muchas cosas con los protestantes, particularmente con Calvino. Los errores del profesor de Lovaina Miguel Bayo (de Bay) fueron condenados por la Iglesia; pero Cornelio Jansenio los reprodujo en forma un tanto diferente en su “Augustinus”, donde enseñaba:
1) Que hay en el hombre dos clases de complacencia respecto a la práctica del bien: la concupiscencia (delectatio carnalis) y la caridad o influjo de la gracia (delectatio caelestis); y que la voluntad sigue necesariamente la complacencia que en el momento presente es más intensa, al paso que queda suspensa si ambas tienen una misma intensidad. La libertad necesaria para el mérito es solamente la exención de fuerza exterior o violencia física. De esta proposición seguíanse con lógica necesidad las otras de Jansenio.
2) Que no hay ninguna gracia suficiente que no sea al propio tiempo eficaz.
3) El hombre no puede resistir a la gracia eficaz, y así, los hombres que se condenan no reciben gracia eficaz, ni Cristo murió por los tales.
4) Como quiera que también los justos pueden pecar, el cumplimiento de algunos preceptos divinos es imposible, aun para los justos, por falta de la gracia necesaria.


Esta doctrina se extendió principalmente en Francia entre la gente culta, y sus prácticas consecuencias arruinaron la vida religiosa en el país. La hostilidad de los Jansenistas contra los Jesuitas, y su alianza con los Galicanos, con quienes convenían en impugnar la autoridad de la Sede Apostólica y su infalibilidad, les atrajeron muchos partidarios, y la guerra que hacía a la Iglesia este poderoso partido era tanto más peligrosa cuanto que los Jansenistas, a pesar de profesar ideas heréticas, no querían dejar el nombre de católicos. Y aun cuando, merced a los esfuerzos de los Papas y del Gobierno francés, auxiliados por los excelentes obispos franceses, en el siglo XVIII se suprimió el Jansenismo como herejía, el espíritu jansenista continuó viviendo hasta la época de la Revolución y celebró su mayor triunfo en la extinción de la Compañía de Jesús.


I. Controversia de “Auxilis gratiae” (1598-1607)


Los Dominicos, con el deseo de enaltecer la Omnipotencia de Dios, causa principal de las buenas obras que conducen a la salvación del hombre, imaginaron (Fr. Domingo Báñez) que la gracia eficaz lo es de suyo por llevar aneja la premoción física de la voluntad, al paso que la gracia suficiente carece de dicha premoción, sin la cual no se puede con efecto poner la obra buena. Los Jesuitas, por el contrario, creyeron que esta doctrina de la premoción física, ni es de Santo Tomás, ni se concilia fácilmente con la libertad humana. Para explicar esta conciliación (necesaria para combatir a los Calvinistas), escribió el P. Luis de Molina, profesor de Evora (Portugal), su célebre libro en el que expuso la doctrina de la Ciencia media, que había profesado su maestro el P. Pedro de Fonseca, y explicó la eficacia de la gracia por la previsión infalible de Dios, acerca de la buena obra futura con determinado auxilio, que de suyo no determina sin embargo la voluntad. Esta opinión era ya común entre los Jesuitas, y fue defendida en este concepto por ellos. Los Dominicos acusaron a Molina de que su teoría destruía en realidad la eficacia de la gracia, haciéndola depender de la libre determinación del hombre, y de que ensalzaba la libertad humana con detrimento de la Omnipotencia divina, separándose de San Agustín y Santo Tomás, e incurriendo en Semipelagianismo por lo menos. Los Jesuitas, a su vez, creían que la teoría de Báñez, aunque proclamaba la libertad con sus palabras, la destruía por la fuerza de la consecuencia y conducía al calvinismo. La discusión tomó grande extensión y acerbidad, interviniendo en ella los obispos y las Universidades, y los Dominicos acusaron el libro de Molina a la Inquisición española, y luego ante la Sede Apostólica. Clemente VIII, en 1598, instituyó una propia Congregación para resolver este asunto (Congregatio de Auxilis div. gratiae); y en 1599, la mayoría de ella se inclinaba a condenar el libro; pero el Papa no se contentó con su dictamen, e hizo celebrar disputas en su presencia, las cuales continuaron todavía en tiempo de su sucesor Paulo V. Finalmente, el 28 de Agosto de 1607 se terminó el negocio, permitiendo el Papa a las dos partes seguir defendiendo sus ideas, con tal que se abstuvieran de toda censura teológica de las contrarias. Más adelante mandó que no se pudieran publicar libros sobre esta materia, sin licencia pontificia.


II. Miguel Bayo (1513-89), profesor de Lovaina, y su colega Juan Hessels, creyeron que la teoría de la gracia comúnmente enseñada propendía al Pelagianismo, y quisieron reformarla, prescindiendo de los teólogos escolásticos, y ateniéndose solamente a lo que les parecía hallar en la Sagrada Escritura y en San Agustín.
Por este camino llegaron a un resultado parecido al de Lutero:
a) Los dones del primer hombre pertenecían a su naturaleza. Por tanto, el pecado le perjudicó substancialmente en ella.
b) El pecado original no es sino la misma concupiscencia. - Mientras ésta vive en el hombre, no está justificado, y todo cuanto hace en esta situación es concupiscencia.
c) La justificación no se alcanza por la gracia comunicada por los sacramentos, sino con la perfecta caridad con que se cumple toda la Ley. Estas ideas, expuestas primero en prelecciones escolares, tropezaron con la contradicción de los comprofesores de Bayo; pero sustituidos éstos por discípulos del mismo, toda la Universidad, que había sido paladín de la ortodoxia, se inficionó de mala doctrina. No bastó que la Universidad de París censurase 18 proposiciones de Bayo, ni que éste fuera enviado al Concilio de Trento para aprender otra doctrina mejor, ni, finalmente, que el arzobispo de Malinas, Granvela, impusiera silencio a Bayo y a sus adversarios. Pío V, excitado a ello de varias partes, condenó en globo 79 proposiciones de Bayo (1567) por la Bula Ex omnibus affictionibus; pero Bayo y sus amigos, en vez de someterse, procuraron demostrar la falsedad de la Bula, que sólo se había enviado a la Universidad de Lovaina; ya negaban que Bayo hubiera enseñado las proposiciones condendas, ya que en efecto se condenaran en la Bula, que puntuaban a su antojo (Comma Pianum); por el cual, Gregorio XIII tuvo que reiterar la condenación (1579). El Legado del Papa, Toledo, obtuvo la sumisión de Bayo (1580), el cual murió en paz con la Iglesia, siendo canciller de la Universidad (1589).
Los más notables adversarios de Bayo fueron el P. Leonardo Lessio y el P. J. Du Hamel, ambos de la Compañía de Jesús, y profesores de Lovaina. Bayo hizo que la Facultad de Teología entresacara 34 proposiciones de los escritos de dichos Jesuitas y las censurase, y la Facultad de Douai, donde enseñaba Estius, se adhirió a aquella censura, al paso que las de Tréveris, Ingolstad y Maguncia se pronunciaron en favor de Lessio. Acudióse a Roma, pero Sixto V difirió la resolución y, entretanto, se aquietaron los ánimos.


III) Jansenio y sus amigos


El principal de los secuaces de Bayo fue Cornelio Jansenio, nacido en Holanda en 1585 de padres católicos y profesor de Lovaina (1617), pretendió entrar en la Compañía, donde no fue admitido, y se juntó con su amigo que fue después Abad de Saint Cyran, para trabajar en favor de Bayo como dogmático, mientras éste trabajaba como historiador y moralista. Trabajó 20 años en su libro “Augustinus”, publicado después de su muerte por su amigo Frommond, al fin del cual se sometía al juicio de la Iglesia, y que vino a ser el libro canónico de la secta. A instigación de los Jesuitas de Lovaina, Urbano VIII prohibió el Augustinus (1642) a pesar de lo cual se difundió mucho en Francia, donde el Abad de Saint Cyran desarrolló el Jansenismo práctico. Exigía el regreso a la antigua disciplina penitencial, negaba que los pecados veniales fueran materia de absolución, y que en los graves se hubiera de declarar el número y las circunstancias que mudan la especie del pecado; enseñaba que la absolución era inválida sin contrición perfecta, pues el sacerdote no hace más sino declarar que Dios ha perdonado el pecado; y que, como en la antigua Iglesia, la satisfacción debe proceder a la absolución. Para recibir la Sagrada Comunión exigía estar libre de todas las malas inclinaciones y poseer una gran perfección, y tenía por mejor pasarse toda la vida sin hacer más que anhelar la Comunión, sin llegar a recibirla. Saint Cyran supo ganar para las ideas de Jansenio influyentes partidarios, entre ellos la familia Arnauld d’Andilly, a que pertenecían el abogado y doctor de la Sorbona, Antonio Arnauld, y la abadesa del monasterio Port-Royal des Champs, Angélica Arnauld; asimismo al notable escritor Pascal (m. 1663), a Nicole (m. 1695), etc. Formóse toda una literatura jansenista, la cual vino a alcanzar el predominio en Francia, por más que los Jesuitas la combatieron fervorosamente. Contra el leído libro de Arnauld “De la fréquente communion” (1642) escribió Petavio su obra “De la pénitence publique” (1645), sin resultado decisivo. Pascal vengó escribiendo sus “Lettres provinciales” (1656), el más ingenioso libelo escrito contra los Jesuitas y minero de calumnias contra ellos hasta nuestros días, donde principalmente se desnaturalizaba el Probabilismo. Como los “discípulos de San Agustín” no se sujetaban a la condenación del “Augustinus”, la mayoría de los obispos franceses envió a Roma cinco proposiciones sacadas de él por el síndico de la Universidad de París Nic. Cornet para que fuesen condenadas. Una propia Congregación trató del asunto en 36 sesiones, al principio en presencia del Papa dando a los Jansenistas toda la proporción para defenderse. El Papa Inocencio X condenó las cinco proposiciones con la censura de “heréticas” en la Bula Cum occasione impressionis de 31 de Mayo de 1653; pero los Jansenistas, admitiendo que las proposiciones condenadas eran heréticas, negaron se hallaran en el libro de Jansenio; y como el Papa declaró solemnemente que habían sido condenadas, precisamente en el sentido en que estaban en dicho libro, el abogado Arnauld halló el efugio de distinguir la quaestio juris de la quaestio facti: la Santa Sede era infalible al definir que una proposición es herética; pero no al determinar que de hecho se enseña en tal o cual libro; por lo cual esta segunda resolución no obliga a la fe, sino sólo al “respetuoso silencio”. Esta distinción fue generalmente admitida por los Jansenistas, y las monjas de Port-Royal (Madres de la Iglesia) disputaban acaloradamente sobre ella. Para acabar con la controversia, Alejandro VII volvió a condenar las proposiciones (1664) y exigió que todos los eclesiásticos jurasen una fórmula, en la cual se condenan dichas proposiciones en el sentido de Jansenio. Los cuatro obispos de Alet, Angers, Beauvais y Pamiers, admitieron la fórmula con la consabida distinción; pero habiendo el Papa mandado formarles proceso, la suscribieron incondicionalmente; por lo cual Clemente IX los recibió en su gracia en 1669 (Pax Clementina). No obstante, en convenios secretos se habían ratificado en sus afirmaciones, por lo cual los Jansenistas se consideraron victoriosos, y en los siguientes decenios se propagaron en muchas diósesis, mientras los defensores de la ortodoxia tenían la atención embargada con las cuestiones del Galicalismo. Arnauld llegó a componer un Ritual y un Misal jansenistas, publicados y usados con la aprobación de 29 obispos. Entonces intervino Dios, dando a la Iglesia, contra el rigorismo Jansenista, el contraveneno de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, enseñada por Cristo a Santa Margarita de Alacoque (1675), abrazada por la Orden de la Visitación, a que pertenecía, y fomentada y propagada principalmente por la Compañía de Jesús.


IV. Quesnet y la Bula “Unigenitus”.


Con el oratorio Pascual Quesnel, erudito editor de las Obras de San León Magno, la controversia entró en un nuevo estadio. Después de 1694 murió Arnauld en Bruselas en brazos de su amigo Quesnel, quedó éste como Pater Prior, por jefe del partido. En sus “Reflexiones morales sobre los Evangelios”, muy leídas y llenas de falsa devoción, cuya edición quinta se publicó en 1695 con la aprobación del Obispo de Châlons, Luis de Noailles, se enseñaban el Jansenismo y el Galicanismo. Algunos obispos franceses, entre ellos Fenelón, se pronunciaron contra el libro, el cual fue prohibido por el Papa en 1708. No obstante, el rey y muchos obispos pidieron una más detenida consideración, y Clemente XI, después de dos años de estudio del asunto, dio el 8 de Septiembre de 1713 la famosa Bula “Unigenitus” en que se condenaban en globo 101 proposiciones sacadas del libro. Pero los contumaces Jansenistas apelaron de la Bula a un Concilio general (Appellantes) capitaneados por Noailles, que entretanto había sido promovido por el arzobispo de París y cardenal, y apoyados por los Parlamentos. De pronto se produjo una gran confusión, porque las malaventuradas “libertades galicanas” embarazaron la acción del Papa Clemente XI (1700-21). La Sorbona, muchos individuos particulares de las Órdenes religiosas y doce obispos se adhirieron a los apelantes; pero cuando el Papa pronunció contra éstos la excomunión (1718), los religiosos retrocedieron; en 1728 se retractó Noailles sintiéndose próximo a la muerte, y en 1729 siguió la Sorbona. Los Jansenistas, que no tenían ya ningún jefe de valer, acudieron a todo género de astucias y supercherías, hasta a milagros que se suponían realizados en el sepulcro del diácono Francisco de París; se hicieron romerías al Cementerio de San Medrado, hubo éxtasis y convulsiones, que continuaron en los convertículos privados aun luego que se cerró dicho cementerio. Pero el partido se dividió en convulsionarios y anticonvulsionarios. La contienda continuó por haber los Parlamentos impuesto multa y destierro a los eclesiásticos concienzudos que se negaban a administrar los sacramentos a los apelantes; Benedicto XIV hubo de exigir obediencia a la Bula Unigenitus (1756) y ordenar a los sacerdotes que negaran los sacramentos a los apelantes notorios, y consiguió que los tales sacerdotes dejaran de ser vejados por ello.


V. El cisma de Ultrecht


Entre 1669 y 1713 muchos Jansenistas emigraron de Francia a Holanda, y Ultrecht se hizo foco de ellos en los Países Bajos. El Vicario apostólico Pedro Kodde, hubo de ser suspendido por jansenista en 1702, y se le dio por sucesor a Teodoro van Kock. Sin embargo, el cabildo jansenista de Ultrecht nombró arzobispo (1723), a Cornelio Steenhoven; el cual, aunque Benedicto XIV declaró inválida su elección, se hizo consagrar por el obispo jansenista titular de Babilonia, Domingo Varlet, y el galicano Van Espen defendió el cisma. Para darle consistencia, con auxilio del gobierno protestante, se crearon otros dos obispados en Harlem y Deventer, para los cuales consagró obispos el arzobispo Meindart de Ultrecht. Entonces los cabildos siguieron eligiendo obispos, y pidieron la confirmación pontificia, pero no recibieron por respuesta sino la excomunión. En 1860 el cisma contaba con 24 comunidades, y en ellas 26 sacerdotes y unos 6.000 fieles, en 1889 se unieron con los Alt-catholiken alemanes.


VI. Quietismo


También se originaron errores del cultivo indiscreto de la Literatura ascética. El español Miguel Molinos (m. 1696), que había vivido en Roma, propuso en su Guía espiritual (1675) un sistema del Quietismo, enseñando que la suma perfección cristiana consiste en la completa pasividad y quietud del alma delante de Dios, renunciando aun al anhelo de la virtud y perfección, y hasta al de la bienaventuranza, y a todo lo que sea actividad y conato. En esta inacción de la parte espiritual, se dejaba libre curso a la sensualidad. El Papa Inocencio XI condenó, en 1687, 68 proposiciones del libro de Molinos. En Francia se manifestaron otras tendencias quietistas. La espiritual, pero fanática, viuda de la Mothe Guyon (murió 1711) y su director espiritual el barnabita La Combe (Analysis orationis), profesaban que la suma perfección consistía en un estudio del alma en que, por puro y desinteresado amor de Dios, y por sólo su causa, sin consideración alguna al premio o al castigo, estaría preparada a sufrir aunque fuera la eterna condenación, si Dios así lo ordenase. Al pso de La Combre perseveró contumaz en su error y murió en la cárcel (1699) por su mala doctrina, la Guyon se sometió al fallo de la Iglesia. La Conferencia de Issy (1695) celebrada bajo la presidencia de Bossuet, obispo de Meaux, formuló en 34 proposiciones la verdadera doctrina mística contra aquellos errores. Continuando Bossuet en combatirlos, en su libro “Sur les états d’oraison”; Fanelón, obispo de Cambray, le contradijo en su obra “Explication des maximes des Saints sur la vie interieure”; pero Inocencio XII condenó 23 proposiciones de este libro (1699), y Fenelón se sometió en seguida, con lo cual terminó la controversia.
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